Friday, February 05, 2016

10 congos de oro a punta de repelencias

JAVIER FRANCO ALTAMAR


La expresión del Carnaval está cargada de colorido, baile, diversión, creatividad, y, por supuesto, de mucha repelencia.
Tanto la marimonda como el monocuco están asociados, en su historia, A la repelencia. Es repelente, también, el disfraz del hombre velludo y vestido de mujer que pide plata mostrando un hijo de plástico o de trapo. Y son repelentes las letanías, simulación del rezo y la poesía, cuatro líneas de una rima sencilla, con un coro de dos líneas que rematan el apunte gracioso.
“Y también somos repelentes porque repelemos los actos de corrupción y los escándalos”, dice Milton Jiménez, soledeño, de 42 años, director del grupo de letanías que lleva, quizás, el nombre más adecuado y preciso para su especialidad: ‘Los Repelentes de Soledad’.
Ellos llevan 28 años de presencia en el Carnaval de Barranquilla, durante los cuales han ganado 10 Congos de Oro en el Festival de Letanías, y han logrado más de 20 reconocimientos, todos con base en repelencias bien rimadas y conectadas con la realidad.
Los trofeos están el apartamento de Jiménez, barrio Pumarejo de Soledad, y que funge como sede del grupo. El acceso es un pasillo por donde el ‘repelente mayor’, que es un tanto robusto, amenaza con no caber, porque, además,  una de las paredes está ocupada por un estante lleno de placas y reconocimientos
 El polvorín flota en el aire empujado por la brisa y se va pegando a todo cuanto encuentra. Una bicicleta también obstaculiza el paso con sus ruedas polvorientas. Toca sacudir. El fotógrafo estornuda. Estamos en la carrera 15 con la calle 20, un tramo destapado. El apartamento de Jiménez es uno de los tres que resultó de la repartición de la vieja casa de los abuelos.
Los congos permanecen en la habitación que se abre a mitad de camino, sobre un escaparate. Hay ocho, pero dos no son del grupo: uno es de la agrupación infantil de letanías que lidera Andrea, hija de Milton. El otro, de una cumbiamba de la ex esposa del ‘repelente’. ¿Anjá, y los cuatro restantes congos de la agrupación? Jiménez recuerda con gracia lo que, en su momento, le ocasionó una profunda tristeza: aparecieron vuelto pedazos en un basural vecino.
Ese episodio ocurrió pocos días después de haber encargado él un trabajo interno a unos albañiles en el 2010. “Ellos negaron haberlos robado, pero quien haya sido, debió de llevarse un chasco cuando los examinó y se dio cuenta de que no eran de oro, ni siquiera de bronce, sino de porcelanicrón”
Son reconocimiento de toda una vida dedicada a los rezos criticones, groseros y burlones. Ya Jiménez perdió la cuenta de cuántos versos ha creado, pero los más célebres están recogidas en tres discos compactos de venta pública.
Son lo más célebres y ‘decentes’, porque los que tienen ‘presa’ -es decir, los cargados de procacidades-, se reservan para eventos privados, y se dejan palpitando en la cartilla de lectura para cuando el público los pide. “Tenemos rimas bien fuertes; otras no tanto, y unas que no llevan nada de vulgaridad, sino que son jocosas y críticas.  Leerlas dependerá mucho de la audiencia”, sostiene Jiménez.
Esa audiencia, incluso, podría ser de estudiantes en afán de aprender. Se trata, en este caso, de un ambiente muy nuevo donde las letanías han pasado a convertirse en herramientas de aprendizaje, de valoración de las letras a partir de su condición de arte menor. El perfil, a nivel de escuelas, es el de las letanías lúdicas y educativas, que sirven de instrumento, incluso, de transmisión de conocimientos.
Una selección de estas letanías están recogidas en un manual editado en el 2015 a instancias de la Secretaría de Cultura del Departamento. Fue el resultado de una iniciativa de los mismos grupos, partir de los dos gremios que han conformado (Asoglecab de Barranquilla, y Diles, en Soledad), y a través de los imparten instrucción en colegios y organizan competencias con las nuevas generaciones.
Uno de esos torneos tuvo lugar el 21 de agosto del año pasado, en el auditorio de la Normal la Hacienda. Fue el IV Festival Intercolegial de Letanías, durante el cual se mostró el resultado del semillero que están dejando los letanieros con el apoyo de Carnaval S.A. Participaron 10 escuelas del Distrito y otras del departamento.
La esencia de las letanías, sin embargo, está en la crítica picante y en el lenguaje contestatario y crudo que puede rayar en lo obsceno:
Maduro estaba enloqueciendo/y todo el mundo lo sabe/ porque el pendejo andaba viendo/ el pajarito de Hugo Chávez
Y  viene el corito rematador:
En el nido al pajarito/ le veía los huevitos
Es cuando los versos responden al concepto de que los grupos de letanía constituyen “un noticiero de noticias atrasadas”, como dice Jiménez, y les  sacan punta graciosa a los hechos. “El problema es que salga el primer verso: apenas sale el primero, ahí mismo salen los demás”, agrega
Así, también, salen la burla, el apunte preciso que mueve a risa desde lo serio:
Después que la cosa estuvo magra/con tanta eliminación/ Pékerman fue el viagra/que paró a la Selección.
Y luego de varios rezos y coros, el cierre
Viva la Selección Colombia/Viva
Viva el enmaicenado de Pekerman/Viva
Está, por supuesto, el chiste pasado de calibre:
“Cuando Dios hizo al burro/como que lo hizo de mala gana/ en el cuerpo se echó un día/ y en la m… una semana.
En el caso de ‘Los repelentes’, la voz líder y el principal creativo es el propio Jiménez. Los demás, prefieren quedarse como coristas. Y lo hacen tan bien que no tienen necesidad de ensayar. “Y ahora menos, con un carnaval tan corto. Eso va saliendo. Ya tienen experiencia”, dice él.
Por eso, a punta de una excelente coordinación de las rimas y el coro, el vestuario acorde con la personalidad del grupo, la puesta en escena y la dicción, se han ganado el respeto y los premios. “Y tenemos el cuidado de poner las voces graves en el medio del coro, y las más agudas en los extremos, como en herradura, para que haya un balance”, explica.
El último Congo lo ganaron en el Carnaval del 2015, y van confiados hacia el próximo.  Es una historia que va para largo porque si bien algunos de los originales se han marchado, los reemplazos han aparecido de inmediato en parientes cercanos. Hoy, ‘Los Repelentes’ son, además de Milton, Brayan Gastelbondo, Neyer Noriega, Juanfer Torres, Edgardo Jiménez, Johnatan Sandoval y Edinson Sandoval.
“Algunos se han apartado al verse mayorcitos, pero para eso está el relevo generacional”, agrega Milton, y sabe que algún día a él lo reemplazará su hijo Milton Junior, que, lo acompaña de vez en cuando en los coros, pero hace parte, todavía, de los ‘Angelitos Carnavaleros’, el grupo juvenil que dirige su hermana.
Es una buena época la actual, resalta ahora el director de ‘Los Repelentes’, porque cuando él era niño, alcanzó a vivir el rechazo que generaban las letanías en su condición de actividad casi clandestina, estigmatizada por vulgar y callejera.
Y así venía siendo con esta expresión carnavalera desde cuando apareció en Rebolo en los años 30 del siglo pasado. Las investigaciones de Edmundo Vives apuntan a que fue iniciativa de unos muchachos que se hicieron llamar ‘Las Ánimas negras’, aún vigentes.  Ellos, por alguna razón, rescataron ese año la costumbre colonial de versificar en público para burlarse de lo demás.
 “Cuando yo era niño – insiste Jiménez-, las letanías se alimentaban de los cuentos de barrio, y nos metíamos a escondidas en los desfiles. Pero ya hemos llevado a las letanías a las aulas, como le dije, y en eso estamos todos”.
Con ‘todos’ se refiere a los 18 grupos de letanías reconocidos en Barranquilla,  Soledad, Puerto Colombia, Baranoa y Campo de la Cruz (Los Lenguamocha de Montecristo, Los Turpiales de la Normal, Los Criticones de la Esmeralda,  y varios otros ‘chismosos’ ‘babillos’ ‘rezanderos’ y ánimas’ de barrio). Todos, por igual, han empezado a cultivar la letanía educativa, sin dejar de ‘sacarles la piedra’ a las víctimas y ocasionar reacciones desagradables.
Jiménez recuerda, en el caso de sus ‘repelentes’  dos episodios incómodos: uno doméstico y uno de implicaciones nacionales. En el primero, hace 20 años, un vecino se enteró de que con su apellido y el nombre de un condimento, habían hecho una rima en la que aludían a la delgadez extrema de una hija suya.
 “El asunto llegó hasta una inspección de Policía. Teníamos una grabación de casete, por fortuna, y todo terminó en una carcajada de la inspectora. Ella le recordó al señor que eso era Carnaval. Él ya murió, pero todavía sus hijas nos detestan”, recuerda él.
El otro episodio fue mientras participaban, a finales de los 90, en un programa de letanías por una emisora local. Se les ocurrió rimar, en tono burlesco, sobre unas supuestas mentiras del presidente de entonces, Andrés Pastrana. A los pocos minutos, llegó una camioneta de la Sijín preguntando por ‘Los repelentes’. “Nos hicieron subir, nos preguntaron dos cosas y nos soltaron en la 72. Mejor dicho, querían asustarnos”, dice entre carcajadas Milton.
En los días actuales del 2016, el robo del ángel de la iglesia de Soledad, que apareció abandonado en un lote, ya fue objeto de versos, y se espera que aparezcan otros en alusión al escándalo del Defensor del Pueblo, Jorge Armando Otálora. Su historia con la exsecretaria privada, Astrid Cristancho, que lo denunció por acoso laboral y lo llevó a renunciar, es todo un manjar para los letanieros.
La actividad en estos días de Carnaval se crece, pero continuará el resto del año, asegura Jiménez. No solo serán las letanías lúdicas y las competencias intercolegiales de Barranquilla y Soledad, sino las presentaciones que nunca faltan. “Por fortuna somos autosostenibles. También ponemos a disposición de la gente nuestro conjunto de millo, ‘Swing Soledeño’. En eso llevamos 20 años”, agrega.
Pero esa es una historia para otra crónica...

Una versión más corta de esta crónica fue publicada en la edición especial ADN de Carnaval

Friday, January 22, 2016

Todavía hay cama para la gente

JAVIER FRANCO ALTAMAR

Quizás es porque el Carnaval quedó muy cerca de la temporada navideña, o de pronto es porque apenas se están retomando clases en colegios y en universidades, pero lo cierto es que a dos semanas y media de comenzar el Carnaval, todavía hay disponibilidad de habitaciones en los hoteles de Barranquilla, “y a precios para todos los bolsillos”, dijo el presidente seccional del gremio hotelero, Cotelco, Mario Muvdi.
El dirigente gremial aseguró que en otras oportunidades, a esta misma distancia del Carnaval, ya estaba la ocupación completa o casi completa, pero hoy, esa ocupación está cerca del 50 por ciento.  Es algo que si bien puede parecer preocupante y encender las alarmas sobre lo que espera al sector hotelero en el año,   es, si se le mira bien, una oportunidad para los viajeros que aún no se han decidido porque han dado por supuesto que no encontrarán habitaciones disponibles.
Aparte de esto, que es positivo para la demanda, hay otros aspectos que, sin embargo, encienden las alertas en Cotelco Atlántico: siguen apareciendo hoteles y se podría dar una sobreoferta si desde las entidades de Gobierno no se hace algún tipo de promoción para estimular la demanda. “Nuestra esperanza es la entrada en funcionamiento del Centro de Eventos y Convenciones”, dijo Muvdi.
Recordó que en la más reciente temporada vacacional, en las ciudades se aprovechó la circunstancia de que el dólar se trepó y eso encareció el turismo internacional, por lo que muchas personas resolvieron viajar por Colombia, “pero lo cierto es que ahora para Carnavales, se están demorando para venir a  Barranquilla”, sostuvo.
A  la situación puede estarse sumando, agregó Muvdi, que hay una tendencia a restringir gastos desde algunas empresas que, en el pasado, se vinculaban decididamente al Carnaval, como Pacific Rubiales, compañía petrolera muy golpeada con los precios internacionales del hidrocarburo a la baja. “Hasta nos ha llegado la versión de que el Canal Caracol este año no se  vinculará. Es una situación que habla mucho de las dificultades económicas que nos esperan en el 2016”, dijo.
Por supuesto que el hecho de que ahora hay más hoteles que antes, debe ser tenido en cuenta en el análisis, dado que hoy la ciudad ofrece 125 hoteles que suman un poco más de 6.500 habitaciones, todas de muy buena calidad. “Y se vienen tres proyectos más de grandes firmas hoteleras internacionales. Esta sobreoferta está afectando la industria”, aseguró.
Son proyectos que han venido apareciendo atraídos por un estímulo tributario vigente, de 30 años sin pagar el impuesto de industria y comercio en la proporción que represente el valor de la remodelación o ampliación. Y está vigente todavía hasta diciembre del 2017.
Publicado en ADN Barranquilla, enero 21 2016

Thursday, January 14, 2016

Unas por otras en la sequía del río Magdalena

 Por: Javier Franco Altamar
Enviado especial

Quizás una de las pocas personas beneficiadas con la sequía es Luis Lafaurie Ramos, vendedor de chance en el Cerro de San Antonio (Magdalena): las personas que vienen desde Suan (Atlántico), en la orilla opuesta del río, y que van hacia los pueblos apostados en la ciénaga, deben hacer un transbordo obligatorio para cubrir el resto del viaje por tierra. Entonces, él aprovecha para venderles la ilusión de un premio millonario.
Antes, ese transbordo era innecesario, porque había una conexión entre el río Magdalena y la ciénaga a través de un caño. En las orillas de esa ciénaga, cuerpo agua  que lleva el mismo nombre de ese  municipio, están apostadas poblaciones como Malabrigo, Concordia y Rosario de Chengue.
Esa conexión, sin embargo, se perdió desde hace tres meses: Son tan bajos los niveles del río que el agua comenzó a circular a la inversa y se fue secando el caño. Hubo necesidad de sellar la entrada para evitar una mayor catástrofe. “Antes vendía 60 cartillitas de chance, ahora vendo 120”, dice Lafaurie. Es el contraste de situaciones. Ahora consume un refresco en una tienda durante una pausa de venta: el calor el feroz.
Al otro lado, en Suan, hay otros beneficiados: el playón que dejó el río al adelgazar, ya fue aprovechado por algunos para sembrar yuca. Y por los senderos entre la barcaza que sirve de muelle y la primera calle de Suan, avanzan carretas con equipajes: son oficios nuevos para cubrir unos 200 metros en subida, es decir, la diferencia entre la orilla de siempre y la nueva, que es hija de la sequía.
“El río lleva siete meses bajando el nivel. Antes, subía y bajaba, pero ahora sigue bajando”, asegura José Carmona, despachador de los botes a motor, que no paran de cruzar entre una y otra orilla. Son 68, que cruzan el río, entre Suan y el Cerro de San Antonio, en no más de cuatro minutos: es la única ruta por ahora y lo será por un buen rato si el río no se opone.
“La verdad es que estas cosas se han venido empeorando no de ahora, sino desde hace más de diez años” -reflexiona ahora el chancero Lafaurie- “ya de la ciénaga no se saca del bocachico, ni California viene a comprar los mangos acá”.
Porque la subienda de pescado es historia. Lo sabrá el pescador Anairo Contreras, quien mira el caño del Cerro de San Antonio desde lo alto. Se ve algo de vida en el agua verde. “De aquí antes sacábamos pescados grandes. Hoy, lo que hay es puro chipi chipi. Yo tengo como siete años que no pesco nada”.
Varios kilómetros más al norte, en el punto entre Puerto Giraldo (Atlántico) y Salamina (Magdalena), se cruza el río en un planchón. Allí  la situación no parece tan grave. Carlos Ávila dice que le ha tocado trabajar a diario para mantener la orilla en la dureza adecuada, pero que la dinámica del cruce no se ha visto afectada.
La mañana del martes, el planchón empujado por la remolcadora ‘El Radar’, atravesaba una vez más con una docena de camiones, lo que tomaría ocho minutos.  “Del otro lado, esperan un a media hora y se regresan. Hasta ahora, todo sigue igual”, asegura Ávila: de 5 am. a 6 p.m.
En esa parte del río  es un poco más ancha y menos alta que la de Suan, por lo que da la impresión de que no es mucho el cambio. “Aquí, de verdad. se ha sentido menos la sequía”, dice Ávila.
Publicado en ADN Barranquilla, enero 14 de 2016

Tuesday, August 04, 2015

María del Carmen, la devota de 101 años

Por: Javier Franco Altamar
María del Carmen Cabrera Celis vino marcada, de nacimiento, en la devoción a la Virgen del Carmen: su mismo nombre lo dice todo, y si algo tiene que agradecerle a la madre de Dios, es haberle dejado vivir 101 años para seguir venerándola.
Este jueves en la mañana, cumplió con una de las  citas que más la emociona y a la que no ha faltado jamás desde 1928, cuando a los 14 años, comenzó a asistir a las misas mañaneras de la Virgen del Carmen en la recién construida parroquia del barrio El Prado.
Cuando ya era una cincuentona, fue testigo de la llegada de los frayles de la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos,  a quienes se encomendó la parroquia luego de haber permanecido, por 15 años, al frente de la de San Miguel del Rosario.
Esa historia ha pasado frente a ella y la recuerda con entusiasmo, porque es una secuencia de momentos atados a su Virgen del Carmen del alma, la que le ha permitido vivir, dice ella, muy sana (no sufre ni siquiera por el azúcar), lúcida y alegre.
Cada domingo, asiste a misa, y todas las noches, le reza su rosario. “Nunca se ha desprendido de mí, me ha acompañado siempre. Es mi vida entera”, asegura esta mujer delgada y menuda, que lee sin lentes por unos ojos vivaces, y que habla con una voz bajita, pero clara.
De eso fueron testigos quienes la acompañaron y la aplaudieron en la celebración de sus primeros cien años el 12 de mayo del 2014. La mañana de ese día, leyó, sin titubear, el aparte de la Biblia que le correspondió en la ceremonia litúrgica en su honor.
Ayer, durante una pausa en  las misas de la mañana, habló con el ADN y lo asumió como un nuevo favor del cielo, porque siempre quiso contar su historia. En algún momento, dice ella, logró captar la atención del periodista Ernesto McCausland. Él prometió entrevistarla, pero la muerte del cronista, ocurrida el 21 de noviembre del 2012, se interpuso.
Por eso,  no paraba de bendecir, y de dar las gracias a la Virgen.  Al lado, su hija, Inés Aminta Berrío Cabrera, le ayudaba a ordenar las ideas y no paraba de celebrar cada ocurrencia de su madre.
“Mi mamá es todo un personaje.  Cuando vamos a un centro comercial, se queda mirando para todos lados y me dice: no veo ninguna cara conocida. Y yo le digo, pero mami, si todos lo que conociste ya están en el cementerio”, cuenta  Inés Aminta y ríe a carcajadas.
Ella tiene 80 años, pero aparenta unos 60. No hay duda de que hay un tema genético de por medio. “Soy hija única. Mi padre murió a los 27 años, y desde entonces, ella fue padre y madre para mí. Me llevaba al colegio, me recogía,  y así me fue inculcando la devoción por la Virgen”, dice ahora. Y asegura que es una herencia que continuará, porque ella ya trasladó su devoción a sus tres hijos, y estos, a sus siete nietos.
Doña María del Carmen, por su parte, no desaprovecha el mínimo instante para hablar: recita su número de cédula para que no quede duda de su buena memoria: 22.277.180 de Barranquilla. Dice que estudió en el colegio Americano e insiste en que “desde niñita” está con la Virgen.
Confiesa que le gusta el baile, que ha participado en cumbiambas, que baila tangos y boleros, que canta canciones de todas las épocas, que lloró la muerte de Carlos Gardel,  y que se toma sus tragos en ocasiones especiales. “No tengo preferencias. Me tomo lo que me brinden, pero con devoción y respeto”, asegura.
No se marchará de la iglesia sin comulgar  y eso lo deja bien claro. Por eso, es hora de regresar al templo: Va recitando: “Bendita sea tu pureza, y eternamente lo sea, pues solo un Dios se recrea, en tan graciosa belleza. A ti, celestial princesa, o Virgen Sagrada María, yo te ofrezco en este día, alma, vida y corazón. Dame tu bendición, nunca me abandones, madre mía”.
Su hija celebra y la acompaña en reemplazo del bastón que ella se niega a usar. “Así es ella. Agregándole cosas nuevas a las oraciones”.
Publicado en ADN Barranquilla
Julio 17 de 2015 

Friday, March 20, 2015

La barba de mis nostalgias


Por Javier Franco Altamar

Cada vez que alguien me pide contar la historia de la barba que hizo parte de mi apariencia de principios de los 90, advierto desajustes en las escenas y detalles por cuenta del paso del tiempo;  de manera que antes de olvidar para siempre aquella experiencia,  la registraré por escrito para  convertirla en un recuerdo compartido. Ahí va:
Resulta que en marzo de 1990, antes de cumplir mi primer año de casado, viajé a Caracas (Venezuela) con mi esposa y nuestra bebé en camino (Martha cumplía tres meses de embarazo). Teníamos el apoyo de mi tía Jacinta Franco, quien me estimuló a una aventura que parecía una puerta abierta a la prosperidad.
El único trabajo que encontré fue el de instalador de cielos rasos de yeso. Me ayudaron unos números telefónicos y una dirección facilitados, amablemente, por un excompañero de estudios universitarios. Eran los datos de su hermano mayor, contratista de la construcción en Caracas. Recuerdo el nombre de la empresa: ‘Decorartes’, y a don Béder Vargas, hermano de mi ex compañero, dueño y gerente de la empresa.
La técnica que empleaban era la de ir pegando las láminas al techo de manera que quedaran prendidas por unas tirantas de fique (allá le llaman cocuiza). Ya explicaré con más detalles el proceso. Por ahora baste decir que supuestamente aquel era un trabajo ocasional, porque mi propósito era engancharme en algún medio de comunicación. Esto último, a la final, no se daría, y terminé por cogerle cariño a ese oficio dentro del cual descubrí un atractivo componente artístico. En pocas semanas, ascendí de ayudante a instalador, y si me apuran un poco, diré que me fue muy bien en lo económico.
Pero la etapa inicial de adaptación no fue muy suave que digamos.  Como debía manipular yeso en polvo, caminar entre escaleras percudidas, y hacer las mezclas para el instalador al que me asignaron como ayudante (otro hermano de don Béder), a la semana de haber ingresado, ya había contraído una de las peores gripas que he sufrido en mi vida.  Si entro en detalles sobre todo lo padecido durante mi semana completa de incapacidad, corro el riesgo de hacer vomitar al lector. Por ahora baste con decir que no me daban ni ganas de bañarme ni mucho menos de rasurarme.
Como vengo de una familia de velludos incorregibles, es muy fácil suponer lo ocurrido a partir de allí: la primera vez que me miré a un espejo después de recuperarme del todo, casi no reconocí mi propio rostro detrás de una espesa barba de cavernícola. Ni siquiera en películas yo había visto algo semejante jamás. A diferencia de mi cabello, que era espeso y se precipitaba sobre mis hombros en unos bucles negros, aquella barba lucía ensortijada, apretada, con algunas salpicaduras blancas de canas incipientes, y una textura de alambre que me raspó los dedos cuando le di el primer recorrido al tacto.
No intenté rasurarme enseguida porque ya era prácticamente de noche, y dejé la afeitada para la mañana siguiente, cuando me tocaba reintegrarme al trabajo. Pero al verme de nuevo al espejo luego del baño, me retracté: iba a necesitar, por lo menos, de unas tijeras de jardinero para empezar por algún lado, y en la casa de mi tía no había. Pero aunque lo intentara con unas sencillas tijeras de modista, mi principal enemigo era el tiempo: no solo era cuestión desaparecer la barba a los tijeretazos, recoger sus restos del suelo y salir a deshacerme del costal de pelos; sino que aquello iba a demandar mucha dedicación y no era buena idea llegar tarde a mi trabajo, de manera que desistí en mi empeño y me marché tan pronto desayuné. No recuerdo el beso de despedida de mi esposa, pero se pueden imaginar el tamaño de su dificultad para abrirse paso a través de la pelambre que me había crecido alrededor de la boca. Y me marché cuesta abajo en la loma de Petare donde vivía, rumbo a la estación del Metro, a 10 minutos de la casa.
Al llegar al edificio donde trabajaba, ubicado en el barrio Valle Arriba, me di cuenta de que me había ahorrado 20 minutos de mi tiempo entre el momento de levantarme y mi desembarco frente a la obra. No era un recorrido corto, por supuesto. A los 10 minutos de mi caminata inicial, había que agregarle la espera de tres minutos en el subterráneo, el desplazamiento en el tren bajo tierra hasta Chacao (otros 20 minutos); el trasbordo a una buseta que me llevaba en 20 minutos más hasta una bahía en camino a Baruta; y luego la espera y la subida, ya en el tablón de la camioneta de don Béder, con otros cuatro compañeros,  por una vía que serpenteaba la colina hasta el edificio. Total: una hora y media.  A eso tocaba agregarle la hora entera de preparativos antes de salir.  De manera que ese día, el primer día público de mi barba, me la pasé pensando en las ventajas de dejar de afeitarme: podía dormir un poquito más, levantarme unos minutos más tarde, o, en el peor de los casos,  angustiarme un poco menos durante esa hora previa a la salida. La decisión estaba tomada: no me rasuraría más la barba.
Con el paso de los días, mientras la barba ganaba espesura y apenas sí me daba espacio para respirar, advertí que además del ahorro del tiempo mañanero, me ofrecía otras ventajas. En primer lugar, me proporcionaba una especie de ruana fiel en medio del frío glacial de las noches caraqueñas; y otro detalle práctico: me ahorró las agachadas permanentes para buscar mis herramientas de trabajo en el piso o, en el mejor de los casos, en mis bolsillos o en alguna mochila. Lo único que yo debía hacer, antes de subirme a la escalera en la que armaba los andamios de soporte, era reunir el número de clavos, destornilladores o paletas necesarias, y luego disponerlas ordenadamente en mi barba. Nada de riatas ni cinturones: las hebras ensortijadas de mi barba sostenían las herramientas sin ningún problema. La imagen mía era como la de un zapatero clásico, que en vez de sacar las puntillas de la boca, sacaba los clavos de la pelambre en mi cara.
Por supuesto que una barba tan espesa representaba un problema grande en otro aspecto. Mi trabajo, cuando era de ayudante, implicaba preparar el yeso en un  balde de caucho, donde iba metiendo unas pencas de fique para dárselas al instalador. Este, esperaba a lo alto de una escalera tipo tijera, en medio de un tejido de traviesas de maderas clavadas a unas columnas de mangle. El trabajo del instalador consistía en ir ubicando las láminas de yeso sobre las traviesas, con la parte pulida hacia abajo y la parte rugosa hacia arriba. Para que esas láminas quedaran suspendidas, el instalador pegaba un extremo de la penca de fique en la superficie rugosa de la lámina, y el otro extremo al techo original unos centímetros más arriba.
Y si cuando era ayudante me embadurnaba de yeso y la barba sufría, se pueden imaginar cuando me convertí en instalador: en su viaje a lo alto del techo, la penca embadurnada de yeso me rozaba, me salpicaba, y como era material de fraguado rápido, no tardaba en sentir mi rostro lleno de grumos y piedras blancas. Por fortuna, por cualquier rincón había tanques metálicos llenos de agua. Eran para abastecernos de allí y preparar el yeso, o también nos servía para poner a remojar los manojos de fique hasta que desprendieran una especie de cerveza. De cuando en cuando, pues, en uno de esos tanques metía mi barba, y a los pocos segundos la tenía de nuevo dispuesta a la batalla.
Lamento de veras –y espero me disculpen– no tener registros fotográficos ni fílmicos de esos momentos. Yo había llevado conmigo a Caracas una cámara Pentax K1.000 que me sirvió durante las épocas de estudiante, pero al poco tiempo de haber llegado, y luego de haber tomado unas fotos elementales que aún conservo, me olvidé del artefacto y ni siquiera se me ocurrió llevarlo a la construcción. A eso contribuyó, quizás, que mi esposa estaba muy incómoda con su embarazo, con las dificultades de acceso a donde vivíamos, y con la tristeza de que una promesa de trabajo no prosperó. Así, pues, ocurrió que en mayo, ella regresó a Barranquilla, y me dejó con la tarea de mejorar la situación económica por senderos más seguros y coherentes con mi experticia.
 Mi hija Lizeth nació el 23 de julio de ese año, y me llegaron las noticias. Hablé con mi jefe, el señor Béder, y armé viaje para Barranquilla con el anuncio de que regresaría en dos semanas para seguir al frente de mis obligaciones. Ya a esas alturas, la barba se había transformado en algo muy complicado de describir. Los que han visto al profesor Rubeus Hagrid de Harry Potter, o alguna fotografía de Carlos Marx, pueden tener una idea. Los invito, sin embargo,  a que les agreguen un poco más de volumen a esas barbas, imaginen hebras más ensortijadas, y una textura de alambre como la de un brillo de lavaplatos. Más o menos así.
Con esa barba me alcanzó a ver mi cuñado Adolfo, el hermano de Martha, la primera persona conocida que vi desde el taxi donde venía de la Terminal de Transporte a mi casa en el barrio Cevillar. Mi cuñado iba caminando y le grité desde la ventanilla. Imaginarán su expresión de susto cuando descubrió el origen de los gritos en una mata de pelos que parecía colgar de la ventanilla del taxi. Cuando me identifiqué, se acercó a los saltos y se metió al carro: no podía creer lo que estaba viendo y no alcancé a explicarle porque a los 30 segundos llegamos a casa.
Debo confesar que antes de acercarme a mi hija, pedí unas tijeras y le quité varias libras de pelo a mi barba en un proceso de media hora. Me acerqué a mi esposa, le di un beso y cargué por primera vez a mi niña. Por fortuna, a su cortísima edad, ella no estaba en disposición de asustarse con nada, y me dejé tomar una fotografía así. He estado buscando esa foto por estos días y espero anexarla alguna vez a este texto.  Pero así la consiga, allí verán apenas una evocación tímida de los tiempos gloriosos de una barba en Caracas. Así, un poco menos salvaje,  mi barba alcanzó a ser conocida por algunos de los lectores de este texto, porque con ella a bordo entré a trabajar al Diario del Caribe en octubre de ese año. El periódico funcionaba en una bodega del barrio Abajo,  y allí estaban Carlos Capella, Vicente Arcieri, Fabio Ortiz, Estéwil Quesada, Jorge Peñaloza, Armando Rincón Suárez, Miguel Lozano, Nístar Romero y el maestro Humberto Jaimes, entre otros.
No firmé contrato de inmediato, sino que debí demostrar, primero, mis calidades como redactor. Si bien el calor de mi tierra no es amigo de una barba como esa –ni de ninguna barba, creo–, me la dejé un rato más y me prometí, a mí mismo, desaparecerla cuando estampara mi firma en el contrato. Eso ocurrió al mes de haberme incorporado. De manera que tan pronto lo hice, me despedí, dije “ya vuelvo” y me marché a casa. Regresé unas horas después con mi barbilla y mis cachetes limpios. Tan solo le perdoné la vida al bigote, que, de todos modos, corté varios centímetros para dejar al descubierto la boca.
No sé qué hizo mi esposa con el costal de pelos que dejé en el patio. Nunca le pregunté, pero me imagino que se lo dio a un reciclador de carretilla.  Uno de mis deportes favoritos es imaginarme los muchos destinos que pudo haber tomado aquel pelambre. Imagino al reciclador pesando el saco: “25 kilos, caballero”, y al hombre sacándole un provecho ingenioso al cadáver de la barba de mis nostalgias.
De ahí en adelante, jamás he vuelto a dejarla crecer. A lo sumo, duro dos días sin rasurarme, pero hasta ahí. Sé que personas como Fabio Ortiz, que se disfraza de monje y de Gandhi en Carnavales, deja crecer la suya desde diciembre del año anterior para que en febrero esté en el nivel adecuado de  asquerosidad. Y por eso, a veces pienso que si yo me pusiera en las mismas, tendría una capacidad mayor que la de Fabio para asombrar a propios y extraños en un desfile de Carnaval. No tendría sino que dejar de afeitarme desde el viernes de Guacherna y ya está, pero mejor no: creo que es más divertido imaginarlo…
Marzo de 2015


Wednesday, August 06, 2014

Salcedo Ramos en los tiempos de la U

Unos apuntes a propósito de un perfil que Álvaro Suescún está escribiendo sobre Alberto Salcedo Ramos. Es sólo una mirada, por supuesto...

Por Javier Franco Altamar

Lo conocí en el segundo semestre de 1981 en la Universidad Autónoma del Caribe de Barranquilla. Ambos acabábamos de entrar a estudiar Comunicación Social (no tenía, cuando eso, el "guión periodismo" que hoy lleva el nombre del programa; y se llamaba directamente "facultad"). Yo estaba en primero A, y él, en el B. Éramos dos grupos de 40 alumnos cada uno, y en esa calidad de primíparos, andábamos llenos de preguntas, compartiendo extrañezas, explorando curiosidades académicas y confluyendo en la cafetería, donde la voz de él, que siempre me ha parecido la de un león, se destacaba porque sus comentarios y observaciones solían terminar en carcajadas.
No tengo claro cómo se desarrolló nuestra primera conversación, pero es muy probable que tuviera que ver con el contenido de alguna asignatura, y que, de pronto, el primero en hablar no fuera ni él ni tampoco yo, sino un compañero suyo estrafalario que se apellidaba Pastrana. Era este Pastrana un muchacho flaco, de hablar afectado, cabellos lacios, facciones rígidas, bigote, caminar abatido y pasos largos, pero era, sobre todo, el crítico por excelencia, el hombre de avanzada, el rebelde. Su presencia generaba comentarios en los que todos terminábamos envueltos. Quizás en uno de esos momentos de despedida de Pastrana,  quien no decía adiós sin dejar alguna sentencia inteligente ("tú crees que las cosas te gustan, pero en realidad, hay personas que han hecho que te guste"), los demás nos quedamos hablando. Lo más probable es que yo, para lucirme ante tamañas palabras y contra los planteamientos que iban y venían frente a mi incertidumbre, tuve que haber dicho algo que le impresionó a Salcedo, algo con expresiones raras. "Nojoda, loco" -recuerdo que me dijo-: "Para hablar contigo uno tiene que andar con un diccionario”.
No me toca hacer mucho esfuerzo para recordar su apariencia de entonces porque, en primer lugar,  ninguno de nosotros era gordo; y en segundo término, todos nos creíamos con permiso para vestir de la manera más descuidada. Parecíamos en competencia. Iván Barrios, que hoy es el más gordo de todos y muchos confunden con Juan Piña, era quizás el más flaco. Ese sí era compañero mío de curso, y también se integraba a las tertulias ocasionales con Salcedo, Edgardo Olier y Pastrana. Recuerdo que Iván tenía las piernas largas, pegadas a las rodillas, y estudiaba karate. Una de sus exhibiciones recurrentes era levantar una pierna y ponerla estirada sobre los pasamanos que a todos nos quedaban casi la altura del rostro. Eso lo hacía parecer el más hábil y atlético en ese entonces, pero, como ya dije, era un flaco más entre los flacos, y entre esos flacos, estábamos Olier, Salcedo y yo. Pastrana no era tan flaco, pero al ser del altiplano, tenía la desventaja de ser pancho de nalgas, así que era una competencia feroz la de esos días para saber cuál de nosotros lucía peor.
Yo tenía patillas y bigotes y llevaba el cabello un tanto alborotado. Salcedo no lucía nada distinto. La única diferencia era que mientras yo usaba franelas con pantalón clásico, él usaba camisas por fuera con pantalones descoloridos. De vez en cuando yo me ponía una gorra tipo ‘sapo echao’ para protegerme del sol. El usaba una similar, pero como parte de su indumentaria de poeta en ciernes.
Como se paraba con el pecho hacia arriba y todo lo hablaba a los truenos, parecía, de pronto, más alto que todos nosotros. Tenía ya esa costumbre muy suya de ir empujando por el hombro al compañero ocasional de caminata como si los demás fuéramos sus hijos. Y frente a sus carcajadas, nuestras risas quedaban disminuidas, apenadas. Además, como para que no quedaran dudas, le hablaba a uno muy cerca al rostro. Yo, en mi caso, temía que en algún momento se le fueran a salir los ojos.
Lo de las manos es difícil de olvidar porque siempre han sido grandes, como si fueran un repuesto mal calculado de las originales. Y las movía mientras hablaba, acompañando las palabras con las palmas abiertas, pero con las primeras falanges un tanto recogidas, como si no pudiera estirar los dedos, otra señal del mal cálculo del repuesto. No recuerdo haber visto unas manos más grandes en una persona. Ni siquiera en mi amigo Enéximo Ortiz, que mide casi dos metros y fue albañil en sus tiempos de bachiller.
Cuando me preguntan sobre aquellos días de la U y acerca de las actividades que con mayor frecuencia compartíamos Salcedo y yo, y debo ser absolutamente sincero: ninguna de ellas estuvo asociada con el trago ni la irresponsabilidad.
Lo que más hacíamos era charlar de literatura y periodismo. Lo que pasa es que Salcedo era contagioso. Mejor dicho: Salcedo y Olier eran contagiosos y casi lo ponían a uno hablar bonito sin que nos percatáramos de ello. Nos quedaba corto Facundo Cabral. Al menos creo que eso pasaba conmigo. Lo más correcto es hablar de Salcedo y Olier como si fueran uno solo porque en esa época, era muy difícil saber dónde terminaba Salcedo y donde comenzaba Olier, o viceversa. A tanta distancia medida en décadas de aquellos momentos, no miento al decir que lo único diferente entre ambos era la barba de Nerón de Olier. En lo demás, eran igualitos. La voz de ambos sonaba igual, pero Olier, por instantes, parecía más dúctil e ingenioso que Salcedo en el uso de la palabra. Sin embargo, me cuesta trabajo reconocer ahora cuál de los dos imitaba al otro. Creo que Olier era más jefe (algunos decían que era un guerrillero disfrazado de estudiante), y que con Salcedo se dio lo que los sicológos llaman “el mimetismo del líder”, que se presenta cuando los seguidores terminan pareciéndose a sus orientadores o maestros. De pronto estoy pecando por ligero, y a lo mejor, ya ambos eran así de antemano y la vida los encontró en ese mismo punto de la historia.
Pero mientras Salcedo andaba con Olier, Pastrana, Irama Rodríguez, Javier Vargas (el hombre del lunar tipo vitiligo en el rostro), Carlos Zúñiga (que ahora es pastor evangélico) y la propia Soraya Linero (no recuerdo más nombres); nosotros habíamos construido, en nuestro salón, un grupo con Armando Barrera (era el más viejo y el más inteligente de nosotros, sin lugar a dudas), Iván Barrios Mass (ya lo mencioné: nuestro líder natural), Rosalba Gómez Barbosa (se autodenominaba nuestra mascota), la cachaca Martha Acero Lombana (su finca de Galapa fue escenario de jornadas de estudio y diversión) Jesús García De La Hoz (reconocido dirigente scout de la época y bailarín contumaz de música disco) y Roque Conrado Imitola, que sólo alcanzó a estudiar con nosotros el primer semestre.
En la primera parte del año 82, cada cual se fue concentrando en sus propias inquietudes de grupo.  En el caso del nuestro,  terminamos conformando un colectivo que denominamos, de manera pretenciosa, “Grupo Cultural K”, y que a diferencia del combo de bohemios de Salcedo, sí construyó sus propios medios comunicativos. El más notorio fue una cartelera que conservamos por años bajo mi coordinación y que todos podían observar cuando pasaban por el pasillo principal del cuarto piso, contiguo a nuestro salón, con el visto bueno del decano de entonces, Esteban Páez Polo.  También teníamos un impreso ocasional elaborado con una técnica que ahora no recuerdo, pero que se inventó, creó o rescató Armando Barrera, nuestro ingenioso veterano.
La cartelera significó mi reencuentro intelectual con Salcedo luego de un semestre o dos de distanciamiento. Nosotros publicábamos allí la producción propia y la de los compañeros de universidad que así lo quisieran. El único del grupo B que se acercó a expresar sus intenciones fue Salcedo, y, obviamente, empezó a destacarse con unos cuentos. No recuerdo cuántos nos dio, ni si ensayó algún artículo de opinión (me imagino que sí lo hizo porque todos lo hacíamos. Incluso yo en mi olvidada vacación de caricaturista). Sin embargo, el único cuento suyo que recuerdo porque me impactó sobremanera, fue uno que conservé hasta hace 16 años titulado “La angustia de la serpiente”.
Sería un atrevimiento de mi parte reproducirlo textualmente acudiendo a mi memoria, pero tengo clara la trama: hablaba de un joven retraído cuyo deseo más fuerte era convertirse en serpiente. Era un sueño lleno de suciedades, pensamientos inmundos. La intensidad estaba concentrada en ese deseo. El joven se imaginaba, por ejemplo, andando a rastras bajo las mesas ya en su condición de serpiente, con el privilegio de pasar inadvertido entre las piernas de las muchachas. El cuento termina dejando la idea de que quizás el sueño se le cumplió al muchacho porque se da por desaparecido, pero que en las noches empezó a escucharse, en su reemplazo, el silbido angustioso de una serpiente.
Yo guardé algunos de los materiales e insumos de aquella cartelera por muchos años, y de vez en cuando, para desempolvar la nostalgia, los miraba y leía, y, por supuesto, me encontraba con ese cuento. Debo hacer una confesión en este punto: ese cuento fue, de alguna forma, estimulante para mi propia tendencia de cuentista. Yo escribía cuentos, es verdad, pero no tan buenos como ese. Mejor dicho: yo no escribía cuentos: Salcedo sí, y eso se me convirtió en una referencia, algo a superar. Imagino que la superé porque yo me quedé escribiendo de todo, hasta cuentos; y con algunos textos literarios he ganado unos pocos concursos, he estado de finalista en tres de nivel nacional, y he sido protagonista animoso de otros. Salcedo, en cambio, se olvidó de los cuentos y se dedicó a las crónicas en un ámbito artístico donde es el maestro nacional.
Me deshice del cuento en una situación afortunada que me llevó a conocer a otro de los grandes amigos de Salcedo: Alberto Martínez Monterrosa, el académico, el hombre que no deja la menor duda de que siempre ha sido flaco. Ellos se habían conocido en los 90, cuando Salcedo ya andaba por Bogotá, y conformaron un dúo dinámico para documentales entretenidos. Digo que fue una situación afortunada lo de mi coincidencia espacial con Martínez porque el destino me lo puso de docente en un diplomado sobre periodismo contemporáneo organizado por la Universidad del Norte a finales del año 1999. Hablar de las personas que me acompañaron en ese diplomado sería una novela fantástica. Baste con decir que uno de mis compañeros era el actual alcalde de Soledad Joao Herrera, pero me concentraré en la aparición de Martínez: fue el encargado de dictarnos un módulo sobre periodismo creativo y, según me contaría cualquier mañana de tintos y chismes varios años después,-ya convertido en mi amigo personal-, él terminó en ese rollo porque el maestro titular, de la misma universidad cartagenera donde él trabajaba como docente, se excusó a última hora.
Lo importante para lo que vengo contando es que los módulos de Martínez se apoyaban mucho en trabajos que había realizado con Salcedo, de manera que en un corte de esos de refrigerio, me le acerqué y nos informamos, mutuamente de que ambos éramos amigos de Salcedo. La diferencia era que, en mi caso, no lo veía desde los tiempos de la Universidad, y vine a saber de él cuando –y ese es otro cuento que sería chévere de contar- supe que andaba en busca mía en 1992 para que me vinculara a la Redacción del diario El Universal.
En esa charla con Martínez, le pedí el favor de que lo saludara, y le conté rápidamente la anécdota de la cartelera y el pequeño texto literario. “Dile que conservo ese cuento”, le dije a Martínez. Para mi sorpresa, en un nuevo corte de refrigerio, el ‘Flaco’ me dijo que Salcedo no recordaba ningún cuento y redujo la anécdota a puro y físico invento mío. “Para la próxima clase te lo traigo, nojoda, y se lo muestras –le dije a Martínez-. No me va a hacer quedar como mentiroso”. Le cumplí y se lo entregué: eran dos hojas amarillentas escritas a máquina por una sola cara, y ahí estaba, al final del cuento, la incontrovertible firma de Salcedo. En una charla posterior, cuando ya Alberto Martínez era mi compañero de equipo docente en la Universidad del Norte, me informó que Salcedo seguía sin recordar aquel cuento. “Ahí lo guardo. Es una pieza histórica. Se lo cobraré cuando sea más famoso”, me dijo.
Yo me atreví a hablar de ese cuento de nuevo en un mensaje de felicitación cuando Alberto ganó el último de sus premios Simón Bolívar de periodismo. En ese mensaje, dije algunas cosas que he contado a lo largo de estas líneas: la cartelera, Olier, el cuento…, y él me respondió que le toqué las fibras del alma con esos recuerdos de la Universidad. Mejor dicho: le dio su aprobación a todo lo que siempre contaré de esa hermosa época.
Agosto de 2014


Tuesday, April 22, 2014

Historia de un permiso que Gabo le pidió a Bolívar


Por: Javier Franco Altamar

Año 1995. Yo estaba recién ingresado a la Casa Editorial donde todavía trabajo, y algo había ido a buscar al hotel El Prado. Me imagino que fui a cubrir un evento de corte económico.
La economía es un ámbito en el que muevo con alguna soltura luego de algunos diplomados, seminarios y una compleja disciplina de lecturas; y es un área que obliga a entrevistar a empresarios, analistas y funcionarios públicos de las finanzas, la planeación, infraestructuras y varias otras perlas. Eso lo pone a uno a asistir a ruedas de prensa, lanzamientos de productos y simposios de actualización. Imagino que algún evento de ese tipo me llevó hasta el hotel, y que, de pronto, ya satisfecho con varias grabaciones a personajes ilustres, me marchaba para otro sitio a seguir mi periplo reporteril del día.
No recuerdo si era viernes o lunes. En realidad, era un día cualquiera sin mayores atractivos ni referentes, de manera que por mucho esfuerzo que hago, no logro encontrar, en los rincones mi memoria, algún recuerdo sobre lo que yo acababa de hacer en el hotel El Prado. Estoy seguro, eso sí, de que estaba evadiéndome por la antigua pizzería. Quería pasar inadvertido, evitando a algún colega que me fuera a distraer en mi labor de escape.
Y entonces lo vi hacia mi izquierda, haciéndose cada vez más cercano mientras yo avanzaba en mi fuga. No cabía duda, era Gabriel García Márquez sentado a una mesa pequeña tomando un café con alguien que identifiqué de inmediato como Mercedes Barcha, su esposa. Desde donde me frené, vi el perfil izquierdo de Gabo diciéndole algo a su mujer, y resolví que era una bonita oportunidad para pedirle un autógrafo: no había lagartos a la vista, ni impertinentes que lo fueran a poner a la defensiva.
Recordé a un compañero de redacción -Estéwil Quesada- a quien le habían llegado con el cuento de que Gabo no gustaba de dar autógrafos. Eso resultó una gran mentira que el mismo Estéwil se encargaría de corregir cuando García Márquez le firmó, en septiembre de 1996, un ejemplar de ‘Cien Años de Soledad’ en un seminario de periodismo deportivo en Cartagena. Pero esa mañana de 1995 –porque era de mañana, eso sí lo tengo claro- yo aún estaba seguro de que no sería nada fácil obtener un autógrafo del maestro.
No pensé en entrevistarlo ni nada de eso. Lo vi tan tranquilo con su esposa que no iba a ser yo el irrespetuoso que lo iba a increpar, mucho menos con mi cabeza llena de cifras, inversiones o teorías administrativas en mi serio papel de periodista económico. Pensé entonces en el autógrafo, pero ¿dónde?
Esculqué en mi maletín de tela donde acababa de meter mi grabadora: allí había una libreta de apuntes llenas de garabatos, dos bolígrafos, un par de facturas de servicios públicos por pagar y un librito que andaba leyendo por esos días: ‘Escritos políticos’, de Simón Bolívar. Lo examiné; blanco, recién comprado, con su olor a tinta intacto, como si algo lo hubiera acentuado de repente.
Me colgué el maletín de nuevo al hombro izquierdo, y me dirigí con pasos lentos hacia donde estaba el Nobel. Me le fui por la derecha y me le puse enfrente, de pie con mi librito en la mano izquierda. “Maestro Gabo, buenos días”, dije con mi voz un tanto temblorosa, y él me miró en contrapicado a través de unos lentes de montura gruesa. Recuerdo el cabello crespo blanco, el bigote blanco, la indumentaria blanca. Mercedes, sonreída, me miraba a mí y lo miraba a él. Gabo dijo un “buenas” en susurro, y yo no le dejé decirme nada más. “Por favor, maestro, me daría un autógrafo”.
-¿Dónde? –dijo él, y le extendí el librito con uno de los bolígrafos.
Él tomó el ejemplar, miró el título y exclamó con una gran sonrisa: “hombre, no puede haber un libro más adecuado. ¿Cuál es tu nombre?”. Le respondí: “Javier”, y él empezó a escribir sometiendo la portada con la mano izquierda porque el libro, fiel a su edición económica y pequeña, insistía en cerrarse. Y en la hoja casi en blanco que anunciaba el ‘Manifiesto de Cartagena’ de 1812, Gabo garabateó la dedicatoria que el 2 de enero fotografié y monté en la red social Facebook con la promesa de contar la historia: “Para Javier, con el permiso de Simón”.

Thursday, April 17, 2014

El remate fue con música vallenata

Memorias de un homenaje en el Congreso de la Lengua Española

Por: Javier Franco Altamar

Gabriel García Márquez llegó al Centro de Convenciones a las 10 a.m., poco después de los Reyes de España, pero entró primero al auditorio Getsemaní de la mano de su esposa, Mercedes Barcha, y en medio de una salva de aplausos.
Llegó de blanco, hasta los zapatos, y levantó una mano para saludar a la concurrencia. Más de 1.200 personas estaban en el interior, pero otras 1.000 se tuvieron que quedar afuera y tuvieron que ver el homenaje en pantallas gigantes.
Los fotógrafos seguían cada paso suyo y él, en una actitud de abuelo complaciente, adoptó una sonrisa que más adelante, cuando su colega Carlos Fuentes entregó infidencias sobre su juventud en México, se convirtió en una risa amplia.
Antes de subir al escenario, Gabo entregó saludos y abrazos a los invitados especiales. Cada vez que los aplausos revivían, él levantaba los brazos (a veces uno solo, a veces los dos). Cuando retumbaba la cuarta tanda de aplausos, el Nóbel ya subía al escenario. En su mano izquierda llevaba la carpeta roja de donde sacaría su discurso.
Caminaba lento, con incertidumbre. Se sentó con cuidado, siempre bajo la mirada atenta de Mercedes Barcha, su compañera de siempre, quien se ubicó a su derecha. A la izquierda del Nóbel quedó la ministra de Cultura, Elvira Cuervo de Jaramillo.
A las 11:15 a.m. la mesa principal fue ocupada por los Reyes de España, el Presidente, Alvaro Uribe Vélez y su esposa. Luego de los himnos, empezaron los discursos.
Ante cada comentario ingenioso, García Márquez abría más la sonrisa. Por casi una hora fue el único de pierna cruzada. Los demás parecían plantados.
Cuando se proyectó un avance del documental 'Buscando a Gabo', de Luis Fernando Bottía, García Márquez se vio aún más emocionado. La música del video correspondía a 'La Diosa coronada', de Leandro Díaz, uno de los vallenatos preferidos del escritor, y dos de cuyas líneas aparecen como epígrafe en 'El amor en los tiempos del cólera'.
Después vinieron las palabras de Carlos Fuentes. Justo cuando terminó el mexicano, apareció el ex presidente de Estados Unidos Bill Clinton, con un séquito de escoltas. Eran las 11:50 a.m.
Y vino uno de los momentos más emocionantes: Víctor García Concha, presidente de la Asociación de Academias, entregó a Gabo la edición conmemorativa de 'Cien Años de Soledad'. El escritor se puso el libro bajo la axila izquierda y levantó las manos para recibir los aplausos.
Luego siguió un silencio profundo: El maestro iba a hablar. Gabo temblaba.
Su pronunciación era lenta y, por momentos, se frenaba, pero entregó un cuento fascinante acerca de cómo se gestó y escribió su obra cumbre. Su frase final fue la más aplaudida de la mañana: “"Fue así como volvimos a nacer a nuestra vida de hoy. Muchas gracias"”.
Luego de los discursos del Rey de España y del Presidente, se desató una lluvia de papeles amarillos con la pantalla de fondo repleta de imágenes de mariposas en movimiento. La agrupación Los Niños del Vallenato aparecieron e interpretaron 'La Diosa Coronada', para empezar.
Así se desarmó el orden del recinto. El Rey y el Presidente desaparecieron por un costado, mientras Gabo era abrazado por sus amigos. El escritor Carlos Monsiváis ensayó una maroma peligrosa para subir al escenario jalado por el propio Gabo. Tuvieron que convencerlo de que la escalinata quedaba al otro lado y que no estaba tan lejos.
Antes, Rafael Escalona había abrazado al Nobel desde atrás, por encima de los hombros mientras este permanecía sentado. Un grupo de periodistas subió para entrevistarlo, pero Gabo, muy decente, se negó. Minutos después, el Getsemaní se quedó solo, tapizado por los papeles amarillos que habían reemplazado a la alfombra.

El Tiempo, 27 de marzo de 2007


Wednesday, October 02, 2013

Ese dinero se necesita en otro lado

Por: Javier Franco Altamar

Por supuesto que a estas alturas no se puede hacer nada, y toca dejar que los trabajos sigan adelante, pero no creo ser el único en pensar que algunas de las pomposas obras que avanzan en Barranquilla son innecesarias.

O de pronto no innecesarias del todo, sino que no eran tan urgentes. ¿Exactamente qué soluciona la ampliación a dos calzadas de la carrera 51B entre la Circunvalar y la calle 87, que se ha promovido como una obra de conectividad soportada en los recursos de la Valorización?

Se verá elegante e imponente, no me cabe duda, pero mucho me temo que el cuello de botella, al menos en el caso del norte, no está allí, sino en otros sectores como el cuadrante de la salud, un poco más abajo, comprendido entre las carreras 46 y 50 y las calles 79 y 84, donde se forman unos trancones como para entrenarse en la virtud de la paciencia.

¿Por qué no se pensó en abrir algún camino por el Country Club para no tener que darle la vuelta con velocidades más bajas que la de un cortejo fúnebre? ¿No era más barato acaso? ¿Qué hay del terreno que hoy ocupa el Ejército en el barrio Paraíso?

De pronto era más fácil lo que se está haciendo ahora en la carrera 51B, pero si tocaba gastarse 23 mil millones de pesos, bien ha podido mirarse hacia muchas calles que le quitarían tráfico a las arterias, como el acceso al barrio El Silencio de la carrera 38, las vías que nutren al barrio San Felipe, las que cruzan la ciudad de lado a lado, como la 61 o la 64, la misma 42F, la carrera 50, pero por la iglesia del Carmen, las que componen el cuadrante de la salud que ya mencioné, las vías de Los Nogales, tantas y tantas otras...

Y hubiera sobrado dinero para metérselo a diez parques y otras cosas que no alcanzo a mencionar porque el espacio se me acabó.

Publicado en ADN Barranquilla

Octubre  2 de 2013

La magia al servicio de la educación



Por: Javier Franco Altamar

La palabra magia remite a lo misterioso, a lo sobrenatural, a lo que se expresa en películas como las de Harry Potter, pero también a lo creativo, a la ilusión, a los efectos, al arte, porque la magia es eso, un arte, como la del pintor o del actor.

Como arte que es presupone, como bien lo explica Howard Gardner, los tres síntomas antecedentes de la experiencia de la belleza: lo interesante por inesperado, la “memorabilidad de la forma” y el impulso de volver a experimentar la ilusión.

Por eso, algunos de los hoy llamados ‘magos’ prefieren hablar de “ilusionismo”, una construcción artística que comienza con las técnicas y llevan al asombro de las audiencias pasando por los efectos y la composición, como dice el argentino René Lavand, el ilusionista al que le falta la mano izquierda.

La magia, entonces, no deja de ser una puesta en escena, un espectáculo que pone de presente lo imposible, lo que desafía nuestras lógicas de pensamiento, y, al menos en apariencia, va en sentido contrario a las leyes de la naturaleza. Es, en sí misma, una elaboración creativa.

Dada su construcción, el ilusionismo o la magia presentan unas enormes ventajas si le mira como herramienta comunicativa, y lo es por dos razones: es capaz de atrapar la atención sobre la base del asombro; y ella misma, en su elaboración, plantea unas claves que bien pueden emplearse para armar un discurso, es decir, usarla como metáfora. Pero vamos por parte.

La programación neurolingüística (PNL) enseña que el significado de la comunicación es la respuesta que se obtiene, y habla del concepto de ‘empatía’ o sintonía como la vía que facilita esa comunicación. La magia, por su expresión deslumbrante, atrapa la atención y, por esa misma razón, tiende puentes comunicativos muy eficaces.

Lo otro es que los conceptos mismos que construyen la magia, lo que ella representa, brinda las claves para enfrentar, de manera creativa e ingeniosa, los problemas o los retos dentro de cualquier ámbito. En mis propias clases, proyecto un video de René Lavand y su show tan particular, que desarrolla el efecto mezclándolo con historias, me sirve de apoyo en la medida en que  permite explicar las similitudes entre el ilusionismo como arte, y la crónica, el género expresivo artístico por excelencia: ambos se fundamentan en las técnicas, los efectos y la composición.

¿Estoy acaso nadando en aguas extrañas, forzando un discurso que no tiene nada que ver con la pedagogía? Yo creo que no, y la segunda prueba me la proporcionó en Santa Marta, a finales de septiembre, el conferencista Juan Pablo Neira, cuyo discurso motivador, igualito, si se quiere, al de Miguel Ángel Cornejo, Pablo Coelho o Walter Riso,  tiene una forma diferente de expresión de cautiva: empieza con un acto de magia, se construye a partir de un acróstico de virtudes y consejo a partir de la palabra “magia” y va mezclando ese mensaje con nuevos actos mágicos. Incluso, termina la exposición presentando un efecto de cierre.

“Gracias a su amplia experiencia en el mundo del Edutainment y a su gran afición por la magia desde hace más de 10 años, hoy lanza un novedoso concepto de conferencia show que logra de una manera creativa e impactante inspirar, ilustrar y energizar a su audiencia con temas de gran interés como el Marketing, Branding, Creatividad e Innovación en las comunicaciones”, dice la presentación de Neira. En ese sentido, sigue la línea de Curtis Zimmerman, quien hace algo similar en idioma inglés. En nuestro medio local se conocen las charlas sobre ‘La magia de las ventas’, que de vez en cuando dicta nuestro ilusionista Mario Manotas, conocido como ‘E-nygma’.

En todo caso, eso de Edutainmen remite a la mezcla entre educación y entretenimiento como herramienta de aprendizaje significativo, el concepto del teórico norteamericano David Ausubel, que plantea un tipo de experiencia  en el cual el estudiante relaciona la información nueva con la que ya posee, reajustando y reconstruyendo ambas informaciones en este proceso.

Sin embargo, el terreno está aún por explorarse en esa ruta específica de la educación. Se conocen algunas propuestas como la de la ‘Fundación Abracadabra’ de magos solidarios en España,  cuyo portafolios incluye ‘magia educativa’: “La magia es un camino divertido entre emociones que permite transmitir de forma eficaz, rápida y lúdica, los mensajes claves para nuestros niños o para colectivos en riesgo de sufrir violencia de algún tipo”, dice el  folleto de presentación.

Es un mensaje directo y claro: el ilusionismo, entendido como arte y herramienta está al servicio del educador, pero no por ello debe descartarse que, en algún momento, el docente no sea capaz de crear “momentos mágicos” a su manera. El hecho de relatar un cuento para hacer entender el mensaje puede lograr eso, como lo hizo Jesús de Nazareth con sus parábolas; o como lo hizo el Hermano Pablo por  más de 50 años a través de su programa ‘Un mensaje a la conciencia’: enseñanzas precedidas por un relato, normalmente extraído de la vida real.

Sea como sea, tener de presente la “magia” conduce a mirar las cosas de una manera más creativa, en desafío frontal a lo cotidiano y tradicional. Si tan solo uno como docente se preguntara cómo lo puede hacer mejor, esa sola actitud es capaz de conducir a un momento mágico, un momento creador.

Barranquilla,  octubre 3 de 2013