Friday, March 20, 2015

La barba de mis nostalgias


Por Javier Franco Altamar

Cada vez que alguien me pide contar la historia de la barba que hizo parte de mi apariencia de principios de los 90, advierto desajustes en las escenas y detalles por cuenta del paso del tiempo;  de manera que antes de olvidar para siempre aquella experiencia,  la registraré por escrito para  convertirla en un recuerdo compartido. Ahí va:
Resulta que en marzo de 1990, antes de cumplir mi primer año de casado, viajé a Caracas (Venezuela) con mi esposa y nuestra bebé en camino (Martha cumplía tres meses de embarazo). Teníamos el apoyo de mi tía Jacinta Franco, quien me estimuló a una aventura que parecía una puerta abierta a la prosperidad.
El único trabajo que encontré fue el de instalador de cielos rasos de yeso. Me ayudaron unos números telefónicos y una dirección facilitados, amablemente, por un excompañero de estudios universitarios. Eran los datos de su hermano mayor, contratista de la construcción en Caracas. Recuerdo el nombre de la empresa: ‘Decorartes’, y a don Béder Vargas, hermano de mi ex compañero, dueño y gerente de la empresa.
La técnica que empleaban era la de ir pegando las láminas al techo de manera que quedaran prendidas por unas tirantas de fique (allá le llaman cocuiza). Ya explicaré con más detalles el proceso. Por ahora baste decir que supuestamente aquel era un trabajo ocasional, porque mi propósito era engancharme en algún medio de comunicación. Esto último, a la final, no se daría, y terminé por cogerle cariño a ese oficio dentro del cual descubrí un atractivo componente artístico. En pocas semanas, ascendí de ayudante a instalador, y si me apuran un poco, diré que me fue muy bien en lo económico.
Pero la etapa inicial de adaptación no fue muy suave que digamos.  Como debía manipular yeso en polvo, caminar entre escaleras percudidas, y hacer las mezclas para el instalador al que me asignaron como ayudante (otro hermano de don Béder), a la semana de haber ingresado, ya había contraído una de las peores gripas que he sufrido en mi vida.  Si entro en detalles sobre todo lo padecido durante mi semana completa de incapacidad, corro el riesgo de hacer vomitar al lector. Por ahora baste con decir que no me daban ni ganas de bañarme ni mucho menos de rasurarme.
Como vengo de una familia de velludos incorregibles, es muy fácil suponer lo ocurrido a partir de allí: la primera vez que me miré a un espejo después de recuperarme del todo, casi no reconocí mi propio rostro detrás de una espesa barba de cavernícola. Ni siquiera en películas yo había visto algo semejante jamás. A diferencia de mi cabello, que era espeso y se precipitaba sobre mis hombros en unos bucles negros, aquella barba lucía ensortijada, apretada, con algunas salpicaduras blancas de canas incipientes, y una textura de alambre que me raspó los dedos cuando le di el primer recorrido al tacto.
No intenté rasurarme enseguida porque ya era prácticamente de noche, y dejé la afeitada para la mañana siguiente, cuando me tocaba reintegrarme al trabajo. Pero al verme de nuevo al espejo luego del baño, me retracté: iba a necesitar, por lo menos, de unas tijeras de jardinero para empezar por algún lado, y en la casa de mi tía no había. Pero aunque lo intentara con unas sencillas tijeras de modista, mi principal enemigo era el tiempo: no solo era cuestión desaparecer la barba a los tijeretazos, recoger sus restos del suelo y salir a deshacerme del costal de pelos; sino que aquello iba a demandar mucha dedicación y no era buena idea llegar tarde a mi trabajo, de manera que desistí en mi empeño y me marché tan pronto desayuné. No recuerdo el beso de despedida de mi esposa, pero se pueden imaginar el tamaño de su dificultad para abrirse paso a través de la pelambre que me había crecido alrededor de la boca. Y me marché cuesta abajo en la loma de Petare donde vivía, rumbo a la estación del Metro, a 10 minutos de la casa.
Al llegar al edificio donde trabajaba, ubicado en el barrio Valle Arriba, me di cuenta de que me había ahorrado 20 minutos de mi tiempo entre el momento de levantarme y mi desembarco frente a la obra. No era un recorrido corto, por supuesto. A los 10 minutos de mi caminata inicial, había que agregarle la espera de tres minutos en el subterráneo, el desplazamiento en el tren bajo tierra hasta Chacao (otros 20 minutos); el trasbordo a una buseta que me llevaba en 20 minutos más hasta una bahía en camino a Baruta; y luego la espera y la subida, ya en el tablón de la camioneta de don Béder, con otros cuatro compañeros,  por una vía que serpenteaba la colina hasta el edificio. Total: una hora y media.  A eso tocaba agregarle la hora entera de preparativos antes de salir.  De manera que ese día, el primer día público de mi barba, me la pasé pensando en las ventajas de dejar de afeitarme: podía dormir un poquito más, levantarme unos minutos más tarde, o, en el peor de los casos,  angustiarme un poco menos durante esa hora previa a la salida. La decisión estaba tomada: no me rasuraría más la barba.
Con el paso de los días, mientras la barba ganaba espesura y apenas sí me daba espacio para respirar, advertí que además del ahorro del tiempo mañanero, me ofrecía otras ventajas. En primer lugar, me proporcionaba una especie de ruana fiel en medio del frío glacial de las noches caraqueñas; y otro detalle práctico: me ahorró las agachadas permanentes para buscar mis herramientas de trabajo en el piso o, en el mejor de los casos, en mis bolsillos o en alguna mochila. Lo único que yo debía hacer, antes de subirme a la escalera en la que armaba los andamios de soporte, era reunir el número de clavos, destornilladores o paletas necesarias, y luego disponerlas ordenadamente en mi barba. Nada de riatas ni cinturones: las hebras ensortijadas de mi barba sostenían las herramientas sin ningún problema. La imagen mía era como la de un zapatero clásico, que en vez de sacar las puntillas de la boca, sacaba los clavos de la pelambre en mi cara.
Por supuesto que una barba tan espesa representaba un problema grande en otro aspecto. Mi trabajo, cuando era de ayudante, implicaba preparar el yeso en un  balde de caucho, donde iba metiendo unas pencas de fique para dárselas al instalador. Este, esperaba a lo alto de una escalera tipo tijera, en medio de un tejido de traviesas de maderas clavadas a unas columnas de mangle. El trabajo del instalador consistía en ir ubicando las láminas de yeso sobre las traviesas, con la parte pulida hacia abajo y la parte rugosa hacia arriba. Para que esas láminas quedaran suspendidas, el instalador pegaba un extremo de la penca de fique en la superficie rugosa de la lámina, y el otro extremo al techo original unos centímetros más arriba.
Y si cuando era ayudante me embadurnaba de yeso y la barba sufría, se pueden imaginar cuando me convertí en instalador: en su viaje a lo alto del techo, la penca embadurnada de yeso me rozaba, me salpicaba, y como era material de fraguado rápido, no tardaba en sentir mi rostro lleno de grumos y piedras blancas. Por fortuna, por cualquier rincón había tanques metálicos llenos de agua. Eran para abastecernos de allí y preparar el yeso, o también nos servía para poner a remojar los manojos de fique hasta que desprendieran una especie de cerveza. De cuando en cuando, pues, en uno de esos tanques metía mi barba, y a los pocos segundos la tenía de nuevo dispuesta a la batalla.
Lamento de veras –y espero me disculpen– no tener registros fotográficos ni fílmicos de esos momentos. Yo había llevado conmigo a Caracas una cámara Pentax K1.000 que me sirvió durante las épocas de estudiante, pero al poco tiempo de haber llegado, y luego de haber tomado unas fotos elementales que aún conservo, me olvidé del artefacto y ni siquiera se me ocurrió llevarlo a la construcción. A eso contribuyó, quizás, que mi esposa estaba muy incómoda con su embarazo, con las dificultades de acceso a donde vivíamos, y con la tristeza de que una promesa de trabajo no prosperó. Así, pues, ocurrió que en mayo, ella regresó a Barranquilla, y me dejó con la tarea de mejorar la situación económica por senderos más seguros y coherentes con mi experticia.
 Mi hija Lizeth nació el 23 de julio de ese año, y me llegaron las noticias. Hablé con mi jefe, el señor Béder, y armé viaje para Barranquilla con el anuncio de que regresaría en dos semanas para seguir al frente de mis obligaciones. Ya a esas alturas, la barba se había transformado en algo muy complicado de describir. Los que han visto al profesor Rubeus Hagrid de Harry Potter, o alguna fotografía de Carlos Marx, pueden tener una idea. Los invito, sin embargo,  a que les agreguen un poco más de volumen a esas barbas, imaginen hebras más ensortijadas, y una textura de alambre como la de un brillo de lavaplatos. Más o menos así.
Con esa barba me alcanzó a ver mi cuñado Adolfo, el hermano de Martha, la primera persona conocida que vi desde el taxi donde venía de la Terminal de Transporte a mi casa en el barrio Cevillar. Mi cuñado iba caminando y le grité desde la ventanilla. Imaginarán su expresión de susto cuando descubrió el origen de los gritos en una mata de pelos que parecía colgar de la ventanilla del taxi. Cuando me identifiqué, se acercó a los saltos y se metió al carro: no podía creer lo que estaba viendo y no alcancé a explicarle porque a los 30 segundos llegamos a casa.
Debo confesar que antes de acercarme a mi hija, pedí unas tijeras y le quité varias libras de pelo a mi barba en un proceso de media hora. Me acerqué a mi esposa, le di un beso y cargué por primera vez a mi niña. Por fortuna, a su cortísima edad, ella no estaba en disposición de asustarse con nada, y me dejé tomar una fotografía así. He estado buscando esa foto por estos días y espero anexarla alguna vez a este texto.  Pero así la consiga, allí verán apenas una evocación tímida de los tiempos gloriosos de una barba en Caracas. Así, un poco menos salvaje,  mi barba alcanzó a ser conocida por algunos de los lectores de este texto, porque con ella a bordo entré a trabajar al Diario del Caribe en octubre de ese año. El periódico funcionaba en una bodega del barrio Abajo,  y allí estaban Carlos Capella, Vicente Arcieri, Fabio Ortiz, Estéwil Quesada, Jorge Peñaloza, Armando Rincón Suárez, Miguel Lozano, Nístar Romero y el maestro Humberto Jaimes, entre otros.
No firmé contrato de inmediato, sino que debí demostrar, primero, mis calidades como redactor. Si bien el calor de mi tierra no es amigo de una barba como esa –ni de ninguna barba, creo–, me la dejé un rato más y me prometí, a mí mismo, desaparecerla cuando estampara mi firma en el contrato. Eso ocurrió al mes de haberme incorporado. De manera que tan pronto lo hice, me despedí, dije “ya vuelvo” y me marché a casa. Regresé unas horas después con mi barbilla y mis cachetes limpios. Tan solo le perdoné la vida al bigote, que, de todos modos, corté varios centímetros para dejar al descubierto la boca.
No sé qué hizo mi esposa con el costal de pelos que dejé en el patio. Nunca le pregunté, pero me imagino que se lo dio a un reciclador de carretilla.  Uno de mis deportes favoritos es imaginarme los muchos destinos que pudo haber tomado aquel pelambre. Imagino al reciclador pesando el saco: “25 kilos, caballero”, y al hombre sacándole un provecho ingenioso al cadáver de la barba de mis nostalgias.
De ahí en adelante, jamás he vuelto a dejarla crecer. A lo sumo, duro dos días sin rasurarme, pero hasta ahí. Sé que personas como Fabio Ortiz, que se disfraza de monje y de Gandhi en Carnavales, deja crecer la suya desde diciembre del año anterior para que en febrero esté en el nivel adecuado de  asquerosidad. Y por eso, a veces pienso que si yo me pusiera en las mismas, tendría una capacidad mayor que la de Fabio para asombrar a propios y extraños en un desfile de Carnaval. No tendría sino que dejar de afeitarme desde el viernes de Guacherna y ya está, pero mejor no: creo que es más divertido imaginarlo…
Marzo de 2015


Wednesday, August 06, 2014

Salcedo Ramos en los tiempos de la U

Unos apuntes a propósito de un perfil que Álvaro Suescún está escribiendo sobre Alberto Salcedo Ramos. Es sólo una mirada, por supuesto...

Por Javier Franco Altamar

Lo conocí en el segundo semestre de 1981 en la Universidad Autónoma del Caribe de Barranquilla. Ambos acabábamos de entrar a estudiar Comunicación Social (no tenía, cuando eso, el "guión periodismo" que hoy lleva el nombre del programa; y se llamaba directamente "facultad"). Yo estaba en primero A, y él, en el B. Éramos dos grupos de 40 alumnos cada uno, y en esa calidad de primíparos, andábamos llenos de preguntas, compartiendo extrañezas, explorando curiosidades académicas y confluyendo en la cafetería, donde la voz de él, que siempre me ha parecido la de un león, se destacaba porque sus comentarios y observaciones solían terminar en carcajadas.
No tengo claro cómo se desarrolló nuestra primera conversación, pero es muy probable que tuviera que ver con el contenido de alguna asignatura, y que, de pronto, el primero en hablar no fuera ni él ni tampoco yo, sino un compañero suyo estrafalario que se apellidaba Pastrana. Era este Pastrana un muchacho flaco, de hablar afectado, cabellos lacios, facciones rígidas, bigote, caminar abatido y pasos largos, pero era, sobre todo, el crítico por excelencia, el hombre de avanzada, el rebelde. Su presencia generaba comentarios en los que todos terminábamos envueltos. Quizás en uno de esos momentos de despedida de Pastrana,  quien no decía adiós sin dejar alguna sentencia inteligente ("tú crees que las cosas te gustan, pero en realidad, hay personas que han hecho que te guste"), los demás nos quedamos hablando. Lo más probable es que yo, para lucirme ante tamañas palabras y contra los planteamientos que iban y venían frente a mi incertidumbre, tuve que haber dicho algo que le impresionó a Salcedo, algo con expresiones raras. "Nojoda, loco" -recuerdo que me dijo-: "Para hablar contigo uno tiene que andar con un diccionario”.
No me toca hacer mucho esfuerzo para recordar su apariencia de entonces porque, en primer lugar,  ninguno de nosotros era gordo; y en segundo término, todos nos creíamos con permiso para vestir de la manera más descuidada. Parecíamos en competencia. Iván Barrios, que hoy es el más gordo de todos y muchos confunden con Juan Piña, era quizás el más flaco. Ese sí era compañero mío de curso, y también se integraba a las tertulias ocasionales con Salcedo, Edgardo Olier y Pastrana. Recuerdo que Iván tenía las piernas largas, pegadas a las rodillas, y estudiaba karate. Una de sus exhibiciones recurrentes era levantar una pierna y ponerla estirada sobre los pasamanos que a todos nos quedaban casi la altura del rostro. Eso lo hacía parecer el más hábil y atlético en ese entonces, pero, como ya dije, era un flaco más entre los flacos, y entre esos flacos, estábamos Olier, Salcedo y yo. Pastrana no era tan flaco, pero al ser del altiplano, tenía la desventaja de ser pancho de nalgas, así que era una competencia feroz la de esos días para saber cuál de nosotros lucía peor.
Yo tenía patillas y bigotes y llevaba el cabello un tanto alborotado. Salcedo no lucía nada distinto. La única diferencia era que mientras yo usaba franelas con pantalón clásico, él usaba camisas por fuera con pantalones descoloridos. De vez en cuando yo me ponía una gorra tipo ‘sapo echao’ para protegerme del sol. El usaba una similar, pero como parte de su indumentaria de poeta en ciernes.
Como se paraba con el pecho hacia arriba y todo lo hablaba a los truenos, parecía, de pronto, más alto que todos nosotros. Tenía ya esa costumbre muy suya de ir empujando por el hombro al compañero ocasional de caminata como si los demás fuéramos sus hijos. Y frente a sus carcajadas, nuestras risas quedaban disminuidas, apenadas. Además, como para que no quedaran dudas, le hablaba a uno muy cerca al rostro. Yo, en mi caso, temía que en algún momento se le fueran a salir los ojos.
Lo de las manos es difícil de olvidar porque siempre han sido grandes, como si fueran un repuesto mal calculado de las originales. Y las movía mientras hablaba, acompañando las palabras con las palmas abiertas, pero con las primeras falanges un tanto recogidas, como si no pudiera estirar los dedos, otra señal del mal cálculo del repuesto. No recuerdo haber visto unas manos más grandes en una persona. Ni siquiera en mi amigo Enéximo Ortiz, que mide casi dos metros y fue albañil en sus tiempos de bachiller.
Cuando me preguntan sobre aquellos días de la U y acerca de las actividades que con mayor frecuencia compartíamos Salcedo y yo, y debo ser absolutamente sincero: ninguna de ellas estuvo asociada con el trago ni la irresponsabilidad.
Lo que más hacíamos era charlar de literatura y periodismo. Lo que pasa es que Salcedo era contagioso. Mejor dicho: Salcedo y Olier eran contagiosos y casi lo ponían a uno hablar bonito sin que nos percatáramos de ello. Nos quedaba corto Facundo Cabral. Al menos creo que eso pasaba conmigo. Lo más correcto es hablar de Salcedo y Olier como si fueran uno solo porque en esa época, era muy difícil saber dónde terminaba Salcedo y donde comenzaba Olier, o viceversa. A tanta distancia medida en décadas de aquellos momentos, no miento al decir que lo único diferente entre ambos era la barba de Nerón de Olier. En lo demás, eran igualitos. La voz de ambos sonaba igual, pero Olier, por instantes, parecía más dúctil e ingenioso que Salcedo en el uso de la palabra. Sin embargo, me cuesta trabajo reconocer ahora cuál de los dos imitaba al otro. Creo que Olier era más jefe (algunos decían que era un guerrillero disfrazado de estudiante), y que con Salcedo se dio lo que los sicológos llaman “el mimetismo del líder”, que se presenta cuando los seguidores terminan pareciéndose a sus orientadores o maestros. De pronto estoy pecando por ligero, y a lo mejor, ya ambos eran así de antemano y la vida los encontró en ese mismo punto de la historia.
Pero mientras Salcedo andaba con Olier, Pastrana, Irama Rodríguez, Javier Vargas (el hombre del lunar tipo vitiligo en el rostro), Carlos Zúñiga (que ahora es pastor evangélico) y la propia Soraya Linero (no recuerdo más nombres); nosotros habíamos construido, en nuestro salón, un grupo con Armando Barrera (era el más viejo y el más inteligente de nosotros, sin lugar a dudas), Iván Barrios Mass (ya lo mencioné: nuestro líder natural), Rosalba Gómez Barbosa (se autodenominaba nuestra mascota), la cachaca Martha Acero Lombana (su finca de Galapa fue escenario de jornadas de estudio y diversión) Jesús García De La Hoz (reconocido dirigente scout de la época y bailarín contumaz de música disco) y Roque Conrado Imitola, que sólo alcanzó a estudiar con nosotros el primer semestre.
En la primera parte del año 82, cada cual se fue concentrando en sus propias inquietudes de grupo.  En el caso del nuestro,  terminamos conformando un colectivo que denominamos, de manera pretenciosa, “Grupo Cultural K”, y que a diferencia del combo de bohemios de Salcedo, sí construyó sus propios medios comunicativos. El más notorio fue una cartelera que conservamos por años bajo mi coordinación y que todos podían observar cuando pasaban por el pasillo principal del cuarto piso, contiguo a nuestro salón, con el visto bueno del decano de entonces, Esteban Páez Polo.  También teníamos un impreso ocasional elaborado con una técnica que ahora no recuerdo, pero que se inventó, creó o rescató Armando Barrera, nuestro ingenioso veterano.
La cartelera significó mi reencuentro intelectual con Salcedo luego de un semestre o dos de distanciamiento. Nosotros publicábamos allí la producción propia y la de los compañeros de universidad que así lo quisieran. El único del grupo B que se acercó a expresar sus intenciones fue Salcedo, y, obviamente, empezó a destacarse con unos cuentos. No recuerdo cuántos nos dio, ni si ensayó algún artículo de opinión (me imagino que sí lo hizo porque todos lo hacíamos. Incluso yo en mi olvidada vacación de caricaturista). Sin embargo, el único cuento suyo que recuerdo porque me impactó sobremanera, fue uno que conservé hasta hace 16 años titulado “La angustia de la serpiente”.
Sería un atrevimiento de mi parte reproducirlo textualmente acudiendo a mi memoria, pero tengo clara la trama: hablaba de un joven retraído cuyo deseo más fuerte era convertirse en serpiente. Era un sueño lleno de suciedades, pensamientos inmundos. La intensidad estaba concentrada en ese deseo. El joven se imaginaba, por ejemplo, andando a rastras bajo las mesas ya en su condición de serpiente, con el privilegio de pasar inadvertido entre las piernas de las muchachas. El cuento termina dejando la idea de que quizás el sueño se le cumplió al muchacho porque se da por desaparecido, pero que en las noches empezó a escucharse, en su reemplazo, el silbido angustioso de una serpiente.
Yo guardé algunos de los materiales e insumos de aquella cartelera por muchos años, y de vez en cuando, para desempolvar la nostalgia, los miraba y leía, y, por supuesto, me encontraba con ese cuento. Debo hacer una confesión en este punto: ese cuento fue, de alguna forma, estimulante para mi propia tendencia de cuentista. Yo escribía cuentos, es verdad, pero no tan buenos como ese. Mejor dicho: yo no escribía cuentos: Salcedo sí, y eso se me convirtió en una referencia, algo a superar. Imagino que la superé porque yo me quedé escribiendo de todo, hasta cuentos; y con algunos textos literarios he ganado unos pocos concursos, he estado de finalista en tres de nivel nacional, y he sido protagonista animoso de otros. Salcedo, en cambio, se olvidó de los cuentos y se dedicó a las crónicas en un ámbito artístico donde es el maestro nacional.
Me deshice del cuento en una situación afortunada que me llevó a conocer a otro de los grandes amigos de Salcedo: Alberto Martínez Monterrosa, el académico, el hombre que no deja la menor duda de que siempre ha sido flaco. Ellos se habían conocido en los 90, cuando Salcedo ya andaba por Bogotá, y conformaron un dúo dinámico para documentales entretenidos. Digo que fue una situación afortunada lo de mi coincidencia espacial con Martínez porque el destino me lo puso de docente en un diplomado sobre periodismo contemporáneo organizado por la Universidad del Norte a finales del año 1999. Hablar de las personas que me acompañaron en ese diplomado sería una novela fantástica. Baste con decir que uno de mis compañeros era el actual alcalde de Soledad Joao Herrera, pero me concentraré en la aparición de Martínez: fue el encargado de dictarnos un módulo sobre periodismo creativo y, según me contaría cualquier mañana de tintos y chismes varios años después,-ya convertido en mi amigo personal-, él terminó en ese rollo porque el maestro titular, de la misma universidad cartagenera donde él trabajaba como docente, se excusó a última hora.
Lo importante para lo que vengo contando es que los módulos de Martínez se apoyaban mucho en trabajos que había realizado con Salcedo, de manera que en un corte de esos de refrigerio, me le acerqué y nos informamos, mutuamente de que ambos éramos amigos de Salcedo. La diferencia era que, en mi caso, no lo veía desde los tiempos de la Universidad, y vine a saber de él cuando –y ese es otro cuento que sería chévere de contar- supe que andaba en busca mía en 1992 para que me vinculara a la Redacción del diario El Universal.
En esa charla con Martínez, le pedí el favor de que lo saludara, y le conté rápidamente la anécdota de la cartelera y el pequeño texto literario. “Dile que conservo ese cuento”, le dije a Martínez. Para mi sorpresa, en un nuevo corte de refrigerio, el ‘Flaco’ me dijo que Salcedo no recordaba ningún cuento y redujo la anécdota a puro y físico invento mío. “Para la próxima clase te lo traigo, nojoda, y se lo muestras –le dije a Martínez-. No me va a hacer quedar como mentiroso”. Le cumplí y se lo entregué: eran dos hojas amarillentas escritas a máquina por una sola cara, y ahí estaba, al final del cuento, la incontrovertible firma de Salcedo. En una charla posterior, cuando ya Alberto Martínez era mi compañero de equipo docente en la Universidad del Norte, me informó que Salcedo seguía sin recordar aquel cuento. “Ahí lo guardo. Es una pieza histórica. Se lo cobraré cuando sea más famoso”, me dijo.
Yo me atreví a hablar de ese cuento de nuevo en un mensaje de felicitación cuando Alberto ganó el último de sus premios Simón Bolívar de periodismo. En ese mensaje, dije algunas cosas que he contado a lo largo de estas líneas: la cartelera, Olier, el cuento…, y él me respondió que le toqué las fibras del alma con esos recuerdos de la Universidad. Mejor dicho: le dio su aprobación a todo lo que siempre contaré de esa hermosa época.
Agosto de 2014


Tuesday, April 22, 2014

Historia de un permiso que Gabo le pidió a Bolívar


Por: Javier Franco Altamar

Año 1995. Yo estaba recién ingresado a la Casa Editorial donde todavía trabajo, y algo había ido a buscar al hotel El Prado. Me imagino que fui a cubrir un evento de corte económico.
La economía es un ámbito en el que muevo con alguna soltura luego de algunos diplomados, seminarios y una compleja disciplina de lecturas; y es un área que obliga a entrevistar a empresarios, analistas y funcionarios públicos de las finanzas, la planeación, infraestructuras y varias otras perlas. Eso lo pone a uno a asistir a ruedas de prensa, lanzamientos de productos y simposios de actualización. Imagino que algún evento de ese tipo me llevó hasta el hotel, y que, de pronto, ya satisfecho con varias grabaciones a personajes ilustres, me marchaba para otro sitio a seguir mi periplo reporteril del día.
No recuerdo si era viernes o lunes. En realidad, era un día cualquiera sin mayores atractivos ni referentes, de manera que por mucho esfuerzo que hago, no logro encontrar, en los rincones mi memoria, algún recuerdo sobre lo que yo acababa de hacer en el hotel El Prado. Estoy seguro, eso sí, de que estaba evadiéndome por la antigua pizzería. Quería pasar inadvertido, evitando a algún colega que me fuera a distraer en mi labor de escape.
Y entonces lo vi hacia mi izquierda, haciéndose cada vez más cercano mientras yo avanzaba en mi fuga. No cabía duda, era Gabriel García Márquez sentado a una mesa pequeña tomando un café con alguien que identifiqué de inmediato como Mercedes Barcha, su esposa. Desde donde me frené, vi el perfil izquierdo de Gabo diciéndole algo a su mujer, y resolví que era una bonita oportunidad para pedirle un autógrafo: no había lagartos a la vista, ni impertinentes que lo fueran a poner a la defensiva.
Recordé a un compañero de redacción -Estéwil Quesada- a quien le habían llegado con el cuento de que Gabo no gustaba de dar autógrafos. Eso resultó una gran mentira que el mismo Estéwil se encargaría de corregir cuando García Márquez le firmó, en septiembre de 1996, un ejemplar de ‘Cien Años de Soledad’ en un seminario de periodismo deportivo en Cartagena. Pero esa mañana de 1995 –porque era de mañana, eso sí lo tengo claro- yo aún estaba seguro de que no sería nada fácil obtener un autógrafo del maestro.
No pensé en entrevistarlo ni nada de eso. Lo vi tan tranquilo con su esposa que no iba a ser yo el irrespetuoso que lo iba a increpar, mucho menos con mi cabeza llena de cifras, inversiones o teorías administrativas en mi serio papel de periodista económico. Pensé entonces en el autógrafo, pero ¿dónde?
Esculqué en mi maletín de tela donde acababa de meter mi grabadora: allí había una libreta de apuntes llenas de garabatos, dos bolígrafos, un par de facturas de servicios públicos por pagar y un librito que andaba leyendo por esos días: ‘Escritos políticos’, de Simón Bolívar. Lo examiné; blanco, recién comprado, con su olor a tinta intacto, como si algo lo hubiera acentuado de repente.
Me colgué el maletín de nuevo al hombro izquierdo, y me dirigí con pasos lentos hacia donde estaba el Nobel. Me le fui por la derecha y me le puse enfrente, de pie con mi librito en la mano izquierda. “Maestro Gabo, buenos días”, dije con mi voz un tanto temblorosa, y él me miró en contrapicado a través de unos lentes de montura gruesa. Recuerdo el cabello crespo blanco, el bigote blanco, la indumentaria blanca. Mercedes, sonreída, me miraba a mí y lo miraba a él. Gabo dijo un “buenas” en susurro, y yo no le dejé decirme nada más. “Por favor, maestro, me daría un autógrafo”.
-¿Dónde? –dijo él, y le extendí el librito con uno de los bolígrafos.
Él tomó el ejemplar, miró el título y exclamó con una gran sonrisa: “hombre, no puede haber un libro más adecuado. ¿Cuál es tu nombre?”. Le respondí: “Javier”, y él empezó a escribir sometiendo la portada con la mano izquierda porque el libro, fiel a su edición económica y pequeña, insistía en cerrarse. Y en la hoja casi en blanco que anunciaba el ‘Manifiesto de Cartagena’ de 1812, Gabo garabateó la dedicatoria que el 2 de enero fotografié y monté en la red social Facebook con la promesa de contar la historia: “Para Javier, con el permiso de Simón”.

Thursday, April 17, 2014

El remate fue con música vallenata

Memorias de un homenaje en el Congreso de la Lengua Española

Por: Javier Franco Altamar

Gabriel García Márquez llegó al Centro de Convenciones a las 10 a.m., poco después de los Reyes de España, pero entró primero al auditorio Getsemaní de la mano de su esposa, Mercedes Barcha, y en medio de una salva de aplausos.
Llegó de blanco, hasta los zapatos, y levantó una mano para saludar a la concurrencia. Más de 1.200 personas estaban en el interior, pero otras 1.000 se tuvieron que quedar afuera y tuvieron que ver el homenaje en pantallas gigantes.
Los fotógrafos seguían cada paso suyo y él, en una actitud de abuelo complaciente, adoptó una sonrisa que más adelante, cuando su colega Carlos Fuentes entregó infidencias sobre su juventud en México, se convirtió en una risa amplia.
Antes de subir al escenario, Gabo entregó saludos y abrazos a los invitados especiales. Cada vez que los aplausos revivían, él levantaba los brazos (a veces uno solo, a veces los dos). Cuando retumbaba la cuarta tanda de aplausos, el Nóbel ya subía al escenario. En su mano izquierda llevaba la carpeta roja de donde sacaría su discurso.
Caminaba lento, con incertidumbre. Se sentó con cuidado, siempre bajo la mirada atenta de Mercedes Barcha, su compañera de siempre, quien se ubicó a su derecha. A la izquierda del Nóbel quedó la ministra de Cultura, Elvira Cuervo de Jaramillo.
A las 11:15 a.m. la mesa principal fue ocupada por los Reyes de España, el Presidente, Alvaro Uribe Vélez y su esposa. Luego de los himnos, empezaron los discursos.
Ante cada comentario ingenioso, García Márquez abría más la sonrisa. Por casi una hora fue el único de pierna cruzada. Los demás parecían plantados.
Cuando se proyectó un avance del documental 'Buscando a Gabo', de Luis Fernando Bottía, García Márquez se vio aún más emocionado. La música del video correspondía a 'La Diosa coronada', de Leandro Díaz, uno de los vallenatos preferidos del escritor, y dos de cuyas líneas aparecen como epígrafe en 'El amor en los tiempos del cólera'.
Después vinieron las palabras de Carlos Fuentes. Justo cuando terminó el mexicano, apareció el ex presidente de Estados Unidos Bill Clinton, con un séquito de escoltas. Eran las 11:50 a.m.
Y vino uno de los momentos más emocionantes: Víctor García Concha, presidente de la Asociación de Academias, entregó a Gabo la edición conmemorativa de 'Cien Años de Soledad'. El escritor se puso el libro bajo la axila izquierda y levantó las manos para recibir los aplausos.
Luego siguió un silencio profundo: El maestro iba a hablar. Gabo temblaba.
Su pronunciación era lenta y, por momentos, se frenaba, pero entregó un cuento fascinante acerca de cómo se gestó y escribió su obra cumbre. Su frase final fue la más aplaudida de la mañana: “"Fue así como volvimos a nacer a nuestra vida de hoy. Muchas gracias"”.
Luego de los discursos del Rey de España y del Presidente, se desató una lluvia de papeles amarillos con la pantalla de fondo repleta de imágenes de mariposas en movimiento. La agrupación Los Niños del Vallenato aparecieron e interpretaron 'La Diosa Coronada', para empezar.
Así se desarmó el orden del recinto. El Rey y el Presidente desaparecieron por un costado, mientras Gabo era abrazado por sus amigos. El escritor Carlos Monsiváis ensayó una maroma peligrosa para subir al escenario jalado por el propio Gabo. Tuvieron que convencerlo de que la escalinata quedaba al otro lado y que no estaba tan lejos.
Antes, Rafael Escalona había abrazado al Nobel desde atrás, por encima de los hombros mientras este permanecía sentado. Un grupo de periodistas subió para entrevistarlo, pero Gabo, muy decente, se negó. Minutos después, el Getsemaní se quedó solo, tapizado por los papeles amarillos que habían reemplazado a la alfombra.

El Tiempo, 27 de marzo de 2007


Wednesday, October 02, 2013

Ese dinero se necesita en otro lado

Por: Javier Franco Altamar

Por supuesto que a estas alturas no se puede hacer nada, y toca dejar que los trabajos sigan adelante, pero no creo ser el único en pensar que algunas de las pomposas obras que avanzan en Barranquilla son innecesarias.

O de pronto no innecesarias del todo, sino que no eran tan urgentes. ¿Exactamente qué soluciona la ampliación a dos calzadas de la carrera 51B entre la Circunvalar y la calle 87, que se ha promovido como una obra de conectividad soportada en los recursos de la Valorización?

Se verá elegante e imponente, no me cabe duda, pero mucho me temo que el cuello de botella, al menos en el caso del norte, no está allí, sino en otros sectores como el cuadrante de la salud, un poco más abajo, comprendido entre las carreras 46 y 50 y las calles 79 y 84, donde se forman unos trancones como para entrenarse en la virtud de la paciencia.

¿Por qué no se pensó en abrir algún camino por el Country Club para no tener que darle la vuelta con velocidades más bajas que la de un cortejo fúnebre? ¿No era más barato acaso? ¿Qué hay del terreno que hoy ocupa el Ejército en el barrio Paraíso?

De pronto era más fácil lo que se está haciendo ahora en la carrera 51B, pero si tocaba gastarse 23 mil millones de pesos, bien ha podido mirarse hacia muchas calles que le quitarían tráfico a las arterias, como el acceso al barrio El Silencio de la carrera 38, las vías que nutren al barrio San Felipe, las que cruzan la ciudad de lado a lado, como la 61 o la 64, la misma 42F, la carrera 50, pero por la iglesia del Carmen, las que componen el cuadrante de la salud que ya mencioné, las vías de Los Nogales, tantas y tantas otras...

Y hubiera sobrado dinero para metérselo a diez parques y otras cosas que no alcanzo a mencionar porque el espacio se me acabó.

Publicado en ADN Barranquilla

Octubre  2 de 2013

La magia al servicio de la educación



Por: Javier Franco Altamar

La palabra magia remite a lo misterioso, a lo sobrenatural, a lo que se expresa en películas como las de Harry Potter, pero también a lo creativo, a la ilusión, a los efectos, al arte, porque la magia es eso, un arte, como la del pintor o del actor.

Como arte que es presupone, como bien lo explica Howard Gardner, los tres síntomas antecedentes de la experiencia de la belleza: lo interesante por inesperado, la “memorabilidad de la forma” y el impulso de volver a experimentar la ilusión.

Por eso, algunos de los hoy llamados ‘magos’ prefieren hablar de “ilusionismo”, una construcción artística que comienza con las técnicas y llevan al asombro de las audiencias pasando por los efectos y la composición, como dice el argentino René Lavand, el ilusionista al que le falta la mano izquierda.

La magia, entonces, no deja de ser una puesta en escena, un espectáculo que pone de presente lo imposible, lo que desafía nuestras lógicas de pensamiento, y, al menos en apariencia, va en sentido contrario a las leyes de la naturaleza. Es, en sí misma, una elaboración creativa.

Dada su construcción, el ilusionismo o la magia presentan unas enormes ventajas si le mira como herramienta comunicativa, y lo es por dos razones: es capaz de atrapar la atención sobre la base del asombro; y ella misma, en su elaboración, plantea unas claves que bien pueden emplearse para armar un discurso, es decir, usarla como metáfora. Pero vamos por parte.

La programación neurolingüística (PNL) enseña que el significado de la comunicación es la respuesta que se obtiene, y habla del concepto de ‘empatía’ o sintonía como la vía que facilita esa comunicación. La magia, por su expresión deslumbrante, atrapa la atención y, por esa misma razón, tiende puentes comunicativos muy eficaces.

Lo otro es que los conceptos mismos que construyen la magia, lo que ella representa, brinda las claves para enfrentar, de manera creativa e ingeniosa, los problemas o los retos dentro de cualquier ámbito. En mis propias clases, proyecto un video de René Lavand y su show tan particular, que desarrolla el efecto mezclándolo con historias, me sirve de apoyo en la medida en que  permite explicar las similitudes entre el ilusionismo como arte, y la crónica, el género expresivo artístico por excelencia: ambos se fundamentan en las técnicas, los efectos y la composición.

¿Estoy acaso nadando en aguas extrañas, forzando un discurso que no tiene nada que ver con la pedagogía? Yo creo que no, y la segunda prueba me la proporcionó en Santa Marta, a finales de septiembre, el conferencista Juan Pablo Neira, cuyo discurso motivador, igualito, si se quiere, al de Miguel Ángel Cornejo, Pablo Coelho o Walter Riso,  tiene una forma diferente de expresión de cautiva: empieza con un acto de magia, se construye a partir de un acróstico de virtudes y consejo a partir de la palabra “magia” y va mezclando ese mensaje con nuevos actos mágicos. Incluso, termina la exposición presentando un efecto de cierre.

“Gracias a su amplia experiencia en el mundo del Edutainment y a su gran afición por la magia desde hace más de 10 años, hoy lanza un novedoso concepto de conferencia show que logra de una manera creativa e impactante inspirar, ilustrar y energizar a su audiencia con temas de gran interés como el Marketing, Branding, Creatividad e Innovación en las comunicaciones”, dice la presentación de Neira. En ese sentido, sigue la línea de Curtis Zimmerman, quien hace algo similar en idioma inglés. En nuestro medio local se conocen las charlas sobre ‘La magia de las ventas’, que de vez en cuando dicta nuestro ilusionista Mario Manotas, conocido como ‘E-nygma’.

En todo caso, eso de Edutainmen remite a la mezcla entre educación y entretenimiento como herramienta de aprendizaje significativo, el concepto del teórico norteamericano David Ausubel, que plantea un tipo de experiencia  en el cual el estudiante relaciona la información nueva con la que ya posee, reajustando y reconstruyendo ambas informaciones en este proceso.

Sin embargo, el terreno está aún por explorarse en esa ruta específica de la educación. Se conocen algunas propuestas como la de la ‘Fundación Abracadabra’ de magos solidarios en España,  cuyo portafolios incluye ‘magia educativa’: “La magia es un camino divertido entre emociones que permite transmitir de forma eficaz, rápida y lúdica, los mensajes claves para nuestros niños o para colectivos en riesgo de sufrir violencia de algún tipo”, dice el  folleto de presentación.

Es un mensaje directo y claro: el ilusionismo, entendido como arte y herramienta está al servicio del educador, pero no por ello debe descartarse que, en algún momento, el docente no sea capaz de crear “momentos mágicos” a su manera. El hecho de relatar un cuento para hacer entender el mensaje puede lograr eso, como lo hizo Jesús de Nazareth con sus parábolas; o como lo hizo el Hermano Pablo por  más de 50 años a través de su programa ‘Un mensaje a la conciencia’: enseñanzas precedidas por un relato, normalmente extraído de la vida real.

Sea como sea, tener de presente la “magia” conduce a mirar las cosas de una manera más creativa, en desafío frontal a lo cotidiano y tradicional. Si tan solo uno como docente se preguntara cómo lo puede hacer mejor, esa sola actitud es capaz de conducir a un momento mágico, un momento creador.

Barranquilla,  octubre 3 de 2013

Thursday, July 04, 2013

Rafael Campo Miranda, el náufrago de la vida



Por Javier Franco Altamar

A sus 95 años, el maestro Rafael Campo Miranda se considera un náufrago de la vida, un sobreviviente del que da testimonio el estudio de su apartamento al norte de la ciudad, lleno de recuerdos, placas, trofeos, “comprado a punta de música”, como dice ahora con orgullo.

Lo del naufragio es un malabar expresivo, un apunte chistoso a propósito de una de sus canciones más célebres, ‘Lamento náufrago’. Pero es, al mismo tiempo, una señal de nostalgia, porque a Rafael Campo Miranda, en su papel de hombre longevo, lúcido y productivo, le ha tocado ser testigo de la muerte de sus “coetáneos”, y hasta de gente menor que él.

Soy el Titanic de la vida”, insiste y saborea la palabra ‘coetáneos’ al pronunciarla con lentitud, para que no quepa duda de que se está refiriendo a las personas de su misma época- Muchos de ellos fueron sus grandes amigos, sobre todo Pacho Galán, muerto hace 25 años, que igual que él, se inspiró en el mar de Puerto Colombia para componer.

Chasquea los dientes como si acabara de comer, y le pide a su empleada que apure los tintos porque los periodistas visitantes deben refrescarse antes de comenzar la entrevista. Viste elegante, de corbata, camisa clara de rayas finas y un pantalón clásico de color pastel que hace juego con los zapatos.

En su rostro resaltan los ojos vivos que amenazan con atravesar la gafas correctoras, cejas pobladas del mismo color blanco absoluto del cabello lacio, peinado hacia atrás para darle respiro a la calvicie frontal.

Cuando se incorpora de su escritorio para buscar algo en su cuarto conque reforzar sus respuestas -un documento, un reconocimiento, una foto, un instrumento, una placa o un libro-, lo hace con movimientos pausados, pero decididos: nada indica que necesite un bastón.

“Todo eso lo conservo, primero, como un patrimonio espiritual y artístico para mis hijos; y luego, para que los periodistas y los amigos,  cuando tengan necesidad de un documental, puedan usarlo de referencia, para que sepan cuál fue mi recorrido, cómo fue mi actividad compositiva musical a través del tiempo”, dice.

Entre los objetos más preciados que recorre ahora con la vista, resalta uno de los más grandes y que ni siquiera es musical: una réplica a escala de un gran danés, amarillo, casi vivo, que parece cuidar el estudio con su presencia intimidatoria.

Es tan evidente la presencia de aquel perro de material sintético que al maestro Campo Miranda le tocado repetir una y otra vez, ante el curioso que no falta, la historia del animal original, que él escuchó, cuando niño, de boca de su padre, Juan Campo Serrano.

 “Dicen que lo encontraron frente a la tumba de su amo en un cementerio de Europa con las patas delanteras ensangrentadas y muerto de un infarto. Murió tratando de sacar a su dueño. Le hicieron un molde al cuerpo y de ahí sacaron varias esculturas. A Barranquilla llegó ésta, que yo recibí de mi padre como herencia, Quiero a este perro como si fuera ser viviente", asegura.

Cuando se le pregunta el secreto de su longevidad, que en el caso suyo no solo es asunto de edad, sino de buen estado de salud y lucidez mental, asegura que tan solo se siente lo suficientemente bien “para resistir los embates de la vida”. Porque, al contrario de lo que podría creerse, pasó por todas las etapas de la vida de un hombre, pero, al contrario de muchos otros, las fue superando una a una.

-Para llegar a esta edad: Inciden muchos factores –dice ahora, sentado frente a su escritorio, cruzando una pierna sobre la otra-: la parte familiar y el régimen alimenticio. El cuidado no, porque yo fumé bastante, tomé bastante y la enterré bastante.

En este momento se ríe con una carcajada lenta, pero pícara. Como ese apunte, habrá varios durante la entrevista, algunos alusivos a las propiedades afrodisíacas de los licores antiguos que exhibe en los estantes de su estudio. “Cuidado vas a publicar eso. Es un secreto” y ríe de nuevo.

A sus placeres de la juventud y los que siguieron en su primera madurez, el maestro Rafael Campo Miranda asegura haberles dicho  adiós a tiempo. “Llegó un momento en que dije: ya esta vaina está bien, y la naturaleza me respondió, De ahí en adelante, seguí viviendo una vida pasiva, muy disciplinada y aquí estoy”.
Por eso, no tiene ninguna complicación con su dieta diaria, donde priman el sancocho de pollo, el arroz con coco, huevo cocido y  el jugo de naranja.

De su infancia en Soledad, donde nació el 7 de agosto de 1918, recuerda esa comida de ‘la vieja guardia’, que era realmente nutritiva. “Había  sopas de la cola de res, se tomaba la leche al pie de la misma vaca, y los sancochos eran de gallina de patio”, sostiene.

Esa alimentación, agrega él, tiene mucho que ver con la condición que exhibe ahora, aunque el resto del crédito lo tiene la ‘raza’, de donde viene. “Tuve dos tíos mellizos se murieron sobrepasando el siglo, y así….”

La historia de su producción musical ha sido contada varias veces, incluso por él mismo en sus escritos, en las tertulias que participa y en las charlas que todavía dicta en los colegios o donde lo invitan.  Un libro suyo titulado ‘Vivencias musicales’, editado en el 2005 y que trae sus canciones más renombradas con sus acordes de guitarra y guiones musicales, recrea esas escenas en las playas de Puerto Colombia, el amor mezclado con la arena, el viejo muelle como testigo.

La vida le ha proporcionado muchas alegrías y reconocimientos nacionales, y pasó por toda clase de momentos al lado de su esposa María del Socorro Vives, con quien tuvo a sus hijos, todos vinculados con la Música, Rafael, y las recordadas ‘Emes’, María y Margarita.

El maestro suspende la narración y canta ahora.

 “Sobre la arena mojada, bajo el viejo muelle la besé con honda pasioooón …” Es un fragmento del porro ‘Lamento náufrago’, canción que le ha dado la vuelta al mundo, señalo.

-Bueno –corrige- pero primero estuvo ‘Playa, brisa y mar’, que originalmente era  solo ‘Playa’. Esa sí fue bárbara. Y después el ‘Pájaro amarillo’, que está de moda ahora mismo en Brasil.

Y así como Puerto Colombia estuvo presente en sus canciones, dice, también lo estuvo Barranquilla, y volvió a aparecer ahora al cumplirse 200 años de haber sido erigido en Villa. Habla primero de ‘Unos para todos’, aquella famosa canción de comienzos de los 70, interpretada por Nelson Henríquez, el  venezolano que aún le está cantando a la Arenosa.

-Está canción está palpitando todavía, y no dejará de sonar hasta tanto las cosas de Barranquilla no se normalicen.

Y recuerda la historia. Era el año de 1972. Barranquilla estaba enferma de una política corrupta y decadente. Rafael Campo Miranda era miembro del Club de Rotarios y le pidieron que se pronunciara a través de una canción. Y él la hizo en señal de protesta porque le dolía en el alma que una ciudad como  Barranquilla, tan grande e importante, estuviera padeciendo todas esos problemas.

-Todavía subsiste esta situación, aunque en forma un poco menor. Lo que ahora nos está violentando más fuerte es la criminalidad, Yo digo en mi canción ‘Unos para todos es la consigna general, no más injusticia en esta tierra sin igual…” En ese momento, la ciudad estaba hundida, “Salvemos a Barranquilla” era la consigna, y sigue vigente porque ahora tenemos que salvarla de la criminalidad. Aquí nunca habíamos tenido ese lastre del crimen, ¡jamás!. Somos gente sonriente, bailadores de cumbia, amables, acogedoras.  Eso es lo que estoy diciendo en mi última canción, la que compuse con motivo del Bicentenario, que no pudo ser grabada porque el tiempo se vino encima.

-Es usted un agradecido con la ciudad, por supuesto.

- Yo nací en Soledad, pero me trajeron a Barranquilla a temprana edad, Esta ciudad me acogió con los brazos abiertos, aquí adquirí mi cultura, mi sapiencia, mi don de gente. Todas aquellas condiciones que enaltecen y dignifican a la persona humana yo las obtuve en Barranquilla, porque a la edad de 8 años, uno no tiene todavía noción de lo que es todo esto. Esta labor compositiva que tiene más de medio siglo, la hice en Barranquilla,

-¿Y Soledad?

-No obstante todo eso, yo quiero mucho a mi tierra de Soledad, y también le compuse a ella. Hay una canción que se llama ‘Cumbia Roja’ es un homenaje a Soledad:

Yo naci en la Costa que tiene el cielo donde más brilla el Sol,
Yo vivo añorando aquel paisaje que me vio un día nacer
Con ritmo de cumbia me bautizaron con agua sol y sal
Y me dieron de fortuna toda la espuma de las olas del mar…

-Ya que usted, canta, maestro, ese tema con tanta fluidez, y se nota que le sale del alma, háblenos del secreto para componer. ¿Cuál sería?

-Hay una motivación que le palpita a uno en la parte más insondable del alma. Es como una obsesión, Uno oye la canción y saborea la letra hasta cuando llega el momento que se reglamenta todo y compone la línea melódica y lo poético, Son puras manifestaciones del alma, Es un don divino.

-¿Cuánto dura su proceso de composición?

- Eso es relativo, en algunas soy rápido, pero hay otra en que uno se lleva mucho tiempo, ‘Lamento náufrago’ fue muy trabajada, lo mismo que ‘Playa’. En cambio ‘Viento verde’ y ‘Pájaro amarillo’ fueron facilitas de componer.

Y vuelve a cantar.

 Sobre el juncal florido del riachuelo,
viene volando un pájaro amarillo.
Lleva, lleva, en su piquito el primer besito
que me diste, que se perdió en la llanura

 Y continúa…

 -Cuando uno se acostumbra a componer y los elementos o ingredientes son el amor a la mujer y el paisaje marino, uno se inspira más. Pero fíjese una cosa curiosa. Aquí en Barranquilla, ‘Lamentos náufrago’  fracasó, no tuvo acogida (fueron arreglos de Juancho Esquivel), pero el acetato llegó a Caracas y lo cogió un director musical allá, miró la letra y dijo que esa canción era como un poema. Entonces le hicieron un arreglo bonito y atractivo. La obra vino por las nubes, llegó a Colombia grabada por la orquesta de Chucho Sanoja y aquí fue un verdadero carnaval junto con ‘Playa’: se volvieron famosísimas.

 -¿Y a qué se debería ese fracaso inicial?

 No sé. Me pasó también cuando yo compuse ‘Playa’, Los viejos músicos me dijeron que por qué le había puesto esa letra a ese porro si el porro no lleva letra. Les dije: ¡cómo no! si al porro se le percibe al compás como al bolero, entonces también se le puede  poetizar, Ya yo me sentía que había fracasado con el porro, pero entonces vino un amigo costeño desde Bogotá y me dijo que en la avenida Caracas, en una tienda, oyó un disco y en la parte circular de la etiqueta decía ‘Playa’, autor Rafael Campo Miranda. Era mi primera canción. Yo di un brinco de la emoción al saber que mi obra entró por Bogotá.

-¿Cuánto tiempo vivió en Puerto Colombia?

-8 meses, yo no salía de la playa, En ese tiempo había un lugar que le llamaban la Isla Verde, Yo me transportaba allá cinco días, vivía una vida natural, Había garzas y uno pescaba. La Isla Verde desapareció por los arreglos hidráulicos de Bocas de Ceniza, después, compuse ‘Lamento náufrago’ en los años 50, Pero eso fue una cosa bárbara,

-¿Qué siente ahora al volver?

- Cada vez que voy y veo el muelle me da es tristeza, Yo conocí el muelle cuando estaba bueno, veía cuando llegaban los buques con orquestas a bordo, y ese muelle iluminado de punta a punta, si uno se ubicaba en una loma en las afueras del pueblo, aparecía como un monstruo luminoso en la distancia, para después verlo caer. Eso a mí me dio ganas de llorar.

-Hablemos de la nueva canción a Barranquilla

- Se llama ‘Mi amada Barranquilla’, es en ritmo alegre y la va grabar Hugo Molinares. Es un homenaje a la ciudad y fue muy fácil de componer, no como ‘Uno para todos’, que era diferente a lo que yo hacía. Esta nueva canción es una evolución de la otra y se complementa. Yo soy un hijo adoptivo de Barranquilla, la amo y se lo demuestro en mis canciones.

-¿Cuantas canciones ha compuesto hasta ahora?

- Hasta ahora he compuesto unas 98 canciones, pero yo no soy de esos que le preguntan cuántas compusiste y dicen 5.000, pero no le pega ninguna… ahora, cualquiera que se enamora ya se es compositor. Ser compositor es trabajado.

Y por ese trabajo que ha sido suyo por años es que ahora vive una vejez tranquila, sin decrepitudes y muy activo, viviendo de la música, insiste, la que le ha dado “este refugio donde me escondo”, como le llama a su apartamento, que comparte con una de sus hijas y donde lo atiende una empleada de confianza como el rey que es. Ahora saborea el café humeante que le acaban de traer


 -Aquí me oculto por horas para hacer mis composiciones –dice antes del nuevo sorbo-: componer es función del alma, y el alma no envejece.

Publicado en ADN.COM
Julio 4 de 2013

Wednesday, July 03, 2013

Telecaribe, a la espera de un gerente


Por: Javier Franco Altamar

A pocos días de conocerse el nombre del nuevo gerente de Telecaribe, vale la pena reflexionar acerca del tipo de dirección que se merece el canal y cuáles desafíos debe asumir.

Si bien el nuevo gerente debe despertar simpatías en el seno de la Junta Administradora Regional de gobernadores, no debe ser ese el único criterio para seleccionarlo, sino que debe ofrecer una afortunada combinación entre las capacidades para administrar (que no se recogen del piso) y los conocimientos en producción de televisión.

Lo último, se cae por su peso, equivale a decir ‘zapatero a tus zapatos’, pero eso debe acompañarse de unas condiciones mínimas para planificar y gestionar el canal como el buen negocio que debe ser, para que sea capaz de competir con buena programación y para que de alguna manera sea rentable y no dependa tanto de giros nacionales y de partidas departamentales.

Ese nuevo gerente debería de proponerse el diseño de una agenda de productos que expresen la riqueza de la región, pero que no por eso sean pesados, aburridos y excluyentes. Es pensar un poco más en las audiencias y un poco menos en cualquier antojo del que se sienta con poder para meter la mano.

Ese gerente debe ser escuchado, debe tener voz y mando para que llegue hasta donde sea necesario y logre convertir a Telecaribe en algo más fácil de manejar, una entidad donde las expresiones de cada grupo de interés sean sensatas y defendidas sólo en función del canal.


Hoy, en el Museo del Atlántico, los 19 aspirantes admitidos comparecerán ante la Junta: es la ocasión para que expresen sus intenciones, sus líneas de propósitos y lo preparados que están para poner el canal en la ruta soñada.

Publicada en ADN-Barranquilla
Julio 3 de 2013

Tuesday, July 02, 2013

Una charla entre chistes y nostalgias con Leo Dan





Por: Javier Franco Altamar

El cantante argentino Leo Dan llegó como siempre: respondiendo con chistes, y burlándose por momentos de sí mismo, muy contento de encontrarse de nuevo en Barranquilla después de cuatro años de no venir por acá.
“El clima está lindo ahora. La vez pasada, cuando, vine hacía mucho calor. Incluso, me doy cuenta de que la ciudad no es tan chica como yo pensaba”, dijo ayer en visita al diario ADN.
Vino a promocionar su presentación de mañana por la noche en el Salón Jumbo del Country, donde compartirá escenario, como estrella principal, con la colombiana Vicky y con la agrupación venezolana, ‘Los Terrícolas’.
Dice que eso de los ‘50 años de vida artística’, expresión con que se está vendiendo el concierto, es “puro invento de los empresarios y promotores” así sea cierto, porque está cantando desde 1963, cuando era un jovencito delgado y tímido, con una frondosa cabellera y  cantaba casi encogido, haciendo esfuerzos para moverse.
“No me muevo mucho porque no sé moverme. No sé bailar. Soy un tronco. Cuando bailo, me agarro de las personas. Eso de reggaetón, que se baila suelto, no es conmigo por ejemplo”, dice y se ríe.
Promete una presentación de una hora (o 15 minutos más, puede ser), con base en una rutina compuesta por sus canciones eternas como ‘He prometido’, ‘Cómo te extraño’, y ‘Mary es mi amor’. “Esta no la puedo dejar de cantarla, ni ‘Estelita’, son canciones que el público va a pedir o las querrá escuchar”, asegura.
Si bien tratará de cantar unas nuevas, garantiza un show que gustará, con mariachi incluido, y chistes, si se da la ocasión.
Su nombre de pila bautismal es Leopoldo Dante Tévez, pero para el mundo artístico es, simplemente, Leo Dan. nació en Villa Atamisqui, Santiago del Estero, Argentina, el 22 de marzo de 1942.
Durante su carrera ha grabado 36 álbumes en Argentina, España y México. Su gusto por la música mexicana lo llevó a grabar con mariachis. Ha compuesto más de 3.000 mil canciones y la cifra continúa en aumento.
-¿Nota diferente la ciudad ahora, maestro?
-Esta vez me gusta más porque corre aire y todas esas cosas. No he sufrido con el calor. La vez pasada, me llevaron al hotel y al Aeropuerto, ahora veo es realmente es bonito. Pensé que era más chico.
-¿Qué nos trae en esta oportunidad?
-Siempre trabajo con base en una rutina, con las canciones conocidas que creemos que el público va a pedir o que las quiere escuchar. Tratamos de incorporar unas nuevas, pero lo que garantizamos es que el show gusta y venimos con Mariachi…
Estamos sentados en la sala de Junta en las instalaciones de EL TIEMPO y ADN de Barranquilla, En este momento, cuando avanza la respuesta, se siente el ruido de una pieza metálica que cae. Es el platillo con que la joven de prensa y divulgación sostenía el vaso de agua que acababan de darle. Ahora vemos que se ha mojado el pantalón….
-Traemos un  mariachi –retoma el cantante-, y una chica que en algún momento tira un platillo para llamar la atención; pero eso es parte del show.
“Me bañé”, dice ella entre risas.
- Ya era hora –, agrega Leo Dan y todos ríen
Aprovecha para endulzar la taza de té de manzanilla que pidió. No usa azúcar, sino un sustituto. “Es que soy diabético tipo dos. Se trata con pastillitas y una buena dieta no hay problema”
Dice que cantará, por supuesto, las tradicionales ‘Cómo te extraño’, ‘Mary es mi amor’, y ‘Estelita’, con el mismo timbre suave que lo sigue caracterizando a los 71 años.
-¿Cómo ha hecho para conservar la voz?  Hay otros de su época que no la conservan, como Camilo Sesto, por ejemplo.
- Debe ser porque ganan poco- responde con una carcajada-. Es una virtud el cantar siempre, pero Camilo debe ser que no canta mucho. Es la desgracia de los cantantes que no cantan, a no ser que vocalicen. Yo no vocalizo, no me cuido, y como no fumo, no tomo, no tengo sexo….
Volvemos a reír en la Sala de Juntas. Hay un teléfono que repica, el representante de Leo Dan sale un momento a contestar y le hace señas desde afuera para decirle que es urgente.
-Dile que llame en diez minutos o en 15, que estoy con unos periodistas. Es que no tienen ni idea de eso. Le debo plata y encima quiere que lo atienda, jajaja.
Para todas las respuestas parece reservar una carcajada. Tiene expresión de abuelo consentidor, Cuando se ríe, las facciones se le contraen con fuerza. En su cabeza, resalta la calvicie frontal que luce ahora con orgullo. Le recuerdo que a veces, cuando lo entrevistan en medios televisivos, lo ponen a ver un video de cuando tenía 20 años, y él exclama “¡Por Dios, qué tiempos, qué pelo!”. Le pregunto que si no ha pensado usar peluquín.
-Sí, una vez, pero se me cayó – responde con otra carcajada-. No, no: de verdad, me hubiese encantado ponerme un peluquín, pero bueno, se me iba a caer de todos modos. Me imagino que viene una admiradora mía y me dice: “Leo, qué lindo pelo”, y se queda con él en la mano. No,  mejor no.
-¿Y sigue componiendo, Maestro?
-Si, Mira, la prueba está aquí. Esto es lo último que compuse.
En ese momento, saca del bolsillo del pantalón un pequeño grabador en el cual reproduce un silbido suyo. “Esa es la idea. Silbo una cosa que escuché, una cosa que siento...
-Hablemos del proceso de producción de un tema ¿cómo se da en su caso?
-Depende. Hay cuatro maneras de componer. Una, cuando uno tiene hambre. Otra, cuando tiene necesidad. Otra, cuando estás contento, y otra, cuando te pagan. Las cuatro las aplico: cuando estoy contento, cuando miro a una muchacha como ella…
Acaba de señalar a la practicante de Redacción Inguel De la Rosa. Ella es delgada, morena, y tiene una apariencia espigada de modelo de pasarela. Ella le dice que sabe de sus canciones porque algunos de sus parientes mayores toman trago mientras las escuchan.
-Bueno, pero mis canciones no son para emborracharse, sino para pagar –vuelven las carcajadas-. Yo por lo general he tratado de ser más blanco en mis canciones, más espiritual, pero sin darme cuenta, No es porque no me gusta tomar. La experiencia fue muy triste cuando yo tomaba. Es más, regalaba dinero y no sabía a quién le prestaba. Hay una canción mía que se llama ‘¿Por qué estás triste?’ que tiene el don de hacer que la gente deje de tomar. Pero no me gusta decirlo mucho porque me dejan de contratar en los bares.
Más carcajadas. Parece que con el maestro Leo Dan no se puede hablar en serio, De pronto es su forma de entender la seriedad, no sé
-¿Cómo ha sido su experiencia con el público después de tantos años?
-No paro de cantar, todo el tiempo estoy cantando.
-Pero me imagino que mientras canta, matiza sus canciones con algún tipo de anécdota, algún chiste.
-Depende: si me dejan hablar. En teatro soy más efectivo porque tengo a la gente allí y puedo intercambiar chistes. Soy muy ocasional. Hace como dos años en Nueva York, me presenté en un teatro para 600 personas. Empecé a cantar y me di cuenta de que en la fila de adelante faltaban cinco personas. Iban a llegar tarde, con seguridad. Cuando canté la segunda canción, le dije al público. “Si llega a venir esta gente a sentarse, ustedes ayúdenme: yo me voy a despedir de ustedes, y díganme gracias, Leo, qué lindo show”. Y efectivamente: A la tercera canción, llegaron. Dije “bueno, muchas gracias”, y la gente decía “Gracias, Leo, gracias”, y el tipo miraba la hora en su reloj. Aquello fue infernal.
-Pero usted era muy tímido en sus comienzos. Incluso, cantaba sentado, ¿cómo logró superarlo?
-Depende de qué cosa. Cantaba sentado porque vengo de un pueblo donde la gente es muy tranquila y no les gusta trabajar. Entonces siempre me gusta cantar sentado. Es más. Nosotros somos los que inventamos la bicicleta en mi pueblo: para correr sentados.
-¿Y le siguen molestando que le digan Maestro?
-Sí, porque ganan poco. Prefiero que me digan diputado, senador, o Messi.
-¿El show que nos va a presentar tiene algo diferente de los otros?
-Bueno, me cambio de ropa.
-Pero esta gira se inscribe dentro de la celebración de los 50 años de vida artística.
-Eso es lo que se inventan los empresarios, porque yo llevo como 60 años cantando. Al año de nacido,  ya yo cantaba. ‘Arroz con leche’, pero como éramos tan pobres, cantábamos ‘arroz’, no más porque leche no había. Éramos tan pobres que dormíamos en el mismo cuarto y soñábamos lo mismo.
Todos volvemos a reír. Le pregunto por su hijo Nico, que le heredó lo artístico en el canto. Es uno de sus cuatro hijos con Mariette, la ‘Mary’ de su canción histórica.
-Nico está en Miami –dice-, pero no está dedicado tanto al canto porque está punto de recibirse como abogado, Quiere estudiar el ‘bussines’ de la música.
-¿No le irá a pasar lo mismo que usted, que quiso ser veterinario y terminó siendo cantante?
-A mí eso me pasó por el bien de los animales. Él quiere ser cantante, pero antes quiere ser abogado para manejar sus propios negocios, porque lo han embromado muchas veces…
-Volvamos al show ¿Qué significa cantar con Vicky y los terrícolas?
Vicky y los terrícolas son mis amigos. Para mí es una alegría poder compartir con ellos escenario. Es hermoso. Antes compartía con Óscar Golden, pero infortunadamente se nos fue. Voy a hacer un homenaje a Leonardo Favio, que es muy lindo, es posible que mostremos unas fotos donde estoy con él.
-¿Y a Sandro, no le tiene por allí algún homenaje?
-No, porque una vez le hice una vez homenaje y me tocó moverme. Tuve que ir al quiropráctico para que me reconectara los huesos de la columna vertebral.
-¿O sea, que usted sigue con ese estilo pausado, sin moverse mucho?
-No me muevo mucho porque no sé moverme. No sé bailar. Soy un tronco. Cuando yo bailo, me agarro de las personas. Eso de reggaetón no es conmigo.
-¿Cuál fue la última de sus canciones que se ha conocido?
-‘Amigo mío’, lleva como 20 años. De las nuevas me gustaría promocionar  ‘Cuando salga la luna en Colombia’ y otra que se llama ‘Justo en Medellín’. Son canciones que nacieron hace dos años. La primera es dedicada a la paz de Colombia. Una señora fue la que me dio la idea cuando me dijo, en España, una frase muy linda: “volveré a Colombia cuando salga la luna”.
-¿Usted no se siente raro cantando esas canciones juveniles ahora con más de 70 años?
-La que se siente rara es Estelita porque ya está vieja, pobrecita, porque yo estoy igual. El otro día canté en Rosario, y apareció Celia, inspiración de otra de mis canciones. Pensé que iba a llegar con un bastón, pero estaba igual de linda, con hijos, con nietos.
-Usted tiene canciones con nombre de mujer y son bastante…
-Gracias a Dios
-¿Y todas esas mujeres existen?
-Me imagino que sí, porque yo las perdí de vista, Todas existieron. A mí nunca me gustó clonarme o hacer cosas raras. Las mujeres a las cuales les canté son de a de veras. Como ya se sabe, Mary es la dueña de mi quincena. Ella húngara y nuestros hijos son hungaritos. Llevamos 48 años de casados.
-¿Y cuál es el secreto de esa longevidad matrimonial?
-Pues viajar y darle descanso a la mujer.
-¿Para cuidar su voz no hace nada especial?
-Nada. Gárgaras de tachuelas- dice y ríe de nuevo.
-Pero caramba: la mayoría de la gente usa miel de abeja, limón,..
-Es que hay muchas abejas gay…de pronto se me afina la voz demasiado.
-¿Le gustaría venir en Carnavales a Barranquilla?
-Me encantaría, claro: son famosos
-Por aquí estuvo cantando Juan Gabriel
-Me imagino que vino disfrazado. Es mi amigo, mi hermano. Yo lo quiero mucho y él también a mí. Hemos bailado juntos, también.
-Pero me acaba de decir que usted no baila
-Pero Juan Gabriel sí.
-¿Y canta algunas canciones de él?
No, me revienta Juan Gabriel si lo hago. Pero él si le gusta mucho mi música.
-¿A propósito, quién le sirvió de referencia en la música?
-Cuando me iniciaba, me inspiraba mucho en la música de Paul Anka, Elvis Presley, Palito Ortega y otros. No han sido mis maestros, pero si mi inspiración. Cuando vivía en Méjico tuve la suerte de conocer a Cesar Costa y a José Alfredo Jiménez de quien aprendí mucho. Además, todos eran mis amigos. A quien admiraba más era a José Alfredo porque en cada frase decía lo que el pueblo sentía. “Amanecí otra vez entre tus brazos”… ¡Coño! Qué lindas frases.
-Pero ¿Ha sabido de cantantes actuales que digan ‘mi referencia es Leo Dan’?
-Todos…. Jajaja. Perdona mi modestia, pero es que soy argentino. Mentira: Marco Antonio Solís dice que soy su inspiración. Joan Sebastian dice que cuando estaba en el campo me escuchaba y quería componer. Juan Gabriel escuchaba mi música.
-Le escuché a usted, en una entrevista, que la dificultad con el paso de los años ha sido dar las notas más altas.
-Yo cantaba más alto antes, pero un día me agarró una bronquitis en Nueva York, Hacía mucho frío afuera, llegué a mi habitación, me eché a dormir y desperté, y sentí el aire acondicionado encendido No tuve la fuerza para apagarlo. La voz se me bajó uno o dos tonos. Y fue hasta mejor porque empecé a cantar como macho ya.
Más carcajadas.
-¿Cuánto tiempo es capaz de cantar de corrido?
-Mucho más de una hora, bastante…
-¿Y sin tomarse un vaso de agua?
-No, el agua te lava la garganta. Lo que sí tomo es té de manzanilla: uno antes de cantar, y otro después de cantar.
-¿Y las tachuelas que me había dicho, qué?
Eso es para impresionarlo a él –dice señalando al fotógrafo Carlos Capella, que no se cansa de tomarle fotos, y ahora está agachado con el lente largo apuntando desde el bajo vientre- Fue para entrar en confianza, pero ahora mira cómo tiene agarrada la cámara. El que trata de impresionarme ahora es él. Parece argentino.
Todos reímos de nuevo. Es momento de una tanda de fotografías con quienes esperan afuera de la Sala de Juntas.